Só ao pechar os ollos,
ás veces,
cala.
Teresa G.Senra
Cuentan que un judío francés de Bayona que hacía la peregrinación a
Compostela, se sintió enfermo de gravedad; pidió ser bautizado y cambió su
nombre de Isaac por el de Santiago; se hizo el milagro, se curó y continuó el
viaje a Santiago.
Pasamos por el Portal de Castilla, cruzamos la carretera y el río Odrón por un
puente moderno.
Continuamos El Camino.
El cuento le gustó mucho a Mikel y
quedamos en pensar, en discurrir un cuento y contarlo.
Con estas, luego de un descenso, vimos
Torres del Río. Nos costó llegar por
la entrada empinada que nos llevó a la
iglesia del Santo Sepulcro que
de alguna manera está relacionada con la de Estella y que, por ser de planta
octogonal, se cree que la obra se debe a la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén.
Es de estilo románico y destaca también la torre-fuerte que parece la de una
torre defensiva.
Ascendimos la cuesta hasta la ermita
del Poyo, de la que se piensa que
estaba acompañada de un hospital de peregrinos, hoy desaparecido. Bajamos por
la cuesta Mataburros que lleva a un
posible asentamiento romano, lugar encuadrado dentro de la calzada romana.
Todo esto, como cabe suponer, lo hicimos
tirando de la bici y como peatones.
Bajamos a la carretera, continuamos
por un camino y después por una carretera secundaria hacia Bargota. De nuevo
tomamos una pista y descendemos el barranco de Cornava: barro y plantación de
pinos con algún árbol frutero; termina el barranco con viñedos, olivares y
tierra semiárida. Combinamos camino con pistas asfaltadas hasta entrar en Viana
por la calle del Cristo, rúa Mayor y
la plaza de los Fueros con la iglesia
gótica de portada renacentista. Importante villa medieval y moderna encerrada
en recinto amurallado. Merece la pena pararse y gozar del importante patrimonio
cultural
Dejamos Viana y emprendimos el
camino de la ermita de la Virgen de
Cuevas.
-Mikel, llevamos sin hablar casi
desde Torres del Río. Pensaste en argallar (discurrir) algún cuento.
-En eso fui pensando en este tramo
del camino. Voy a contarte lo que he inventado:
Esto
era una vez un abuelo, algo loco, que viajaba con un nieto razonable, sensato
(¿?). Un día se le ocurrió fotografiar en un barranco, como el que acabamos de
pasar, a un cabritillo que vio en un recorte de la roca. Cuando más emocionado
estaba se dio cuenta de que por el aire venía volando una águila para llevarse
al animalito; rápidamente se tiró a por él, lo cogió en el regazo y corriendo
se metió en una cueva, sin percatarse de que allí vivía un enorme oso. De
repente oyó un ruido y vio al animal levantado sobre sus dos patas y con ganas
de “abrazarlo”; el abuelo se dio media
vuelta y salió disparado con el cabrito al hombro y agarrándolo por las patas,
tropezó y cayó por el barranco. Por imperativo del tropezón soltó al animal que
quedó en un saliente de la roca -el águila ya había desaparecido-, mientras él
continuaba como un muñeco de nieve dando
tumbos por la cuesta abajo, y, cuando ya se acercaba a un precipicio, aparecieron
un montón de cabras que haciendo una especie de muro para pararlo evitaron que
se matara; para agasajarlo comienzan a dar brincos a su alrededor, junto con el
cabritillo que acababa de salvar, levantando mucho polvo, lo que hizo que su
nieto lo pudiese localizar y acercarse a él con el pequeño botiquín de urgencia
que llevaban, y así poder curarlo de las heridas. Al ver que la cosa no era
grave rompió a reír a grandes carcajadas, para olvidar el miedo que pasó al
verlo desaparecer.
-Ya tienes la foto… Te costó un
poco...
-Déjate de caralladas (tonterías) y espero que esto no se lo cuentes a nadie.
-Ya, Ya. Que voy a pasar sin
contárselo a Brais y Sabine.
-¡Ríete, ríete! ¿Salvé o no al
cabritillo?
-Salvaste, salvaste; pero por poco
te matas. ¡Cabeciña!, ¡cabeciña…!
-No sería yo el abuelo del cuento,
eh!
-No, que tú no te atreves a hacer
esas cosas, tú eres un poco más formal.
-Y entonces… ¿Por qué estás
sonriendo? Espera no corras. Ya verás lo que hago contigo cuando te coja.
Ningún comentario:
Publicar un comentario