sábado, 4 de abril de 2015

XVI. Conto



Só ao pechar os ollos,
ás veces,
cala.

Teresa G.Senra


Cuentan que un judío francés de Bayona que hacía la peregrinación a Compostela, se sintió enfermo de gravedad; pidió ser bautizado y cambió su nombre de Isaac por el de Santiago; se hizo el milagro, se curó y continuó el viaje a Santiago.

Pasamos por el Portal de Castilla, cruzamos la carretera y el río Odrón por un puente moderno.

Continuamos El Camino.
Saqué de las alforjas un cuento de la editorial OQO: FIZ, O coleccionista de MEDOS, de Fina Casalderrey, ilustrado por Teresa Lima (la ilustración de estos cuentos es muy interesante) y  lo colocamos en el particular atril particular de la bici para que a medida que lo vaya leyendo Mikel vaya pasando las hojas. El cuento trata de un niño que tiene muchos miedos: al primer día de escuela, al mono del zoo, a convertirse en gallina… y muchos otros. Un día la abuela le dice: Fiz, eres el campeón del mundo en miedos. En ese momento el niño decide meter los miedos en un baúl, y también los de sus amigos. Un día abren el baúl y salieron todos los miedos. Se asustaron tanto que gritaron como posesos, tanto que atemorizaron a los propios miedos que rápidamente vuelven a meterse en el baúl. Ellos los cierran con llave y desde entonces no volvieron a sentir más miedos.
El cuento le gustó mucho a Mikel y quedamos en pensar, en discurrir un cuento y contarlo.

Con estas, luego de un descenso, vimos Torres del Río. Nos costó llegar por la entrada empinada que nos llevó a la  iglesia del Santo Sepulcro que de alguna manera está relacionada con la de Estella y que, por ser de planta octogonal, se cree que la obra se debe a la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén. Es de estilo románico y destaca también la torre-fuerte que parece la de una torre defensiva.
Ascendimos la cuesta hasta la ermita del Poyo, de la que se piensa que estaba acompañada de un hospital de peregrinos, hoy desaparecido. Bajamos por la cuesta Mataburros que lleva a un posible asentamiento romano, lugar encuadrado dentro de la calzada romana.
Todo esto, como cabe suponer, lo hicimos tirando de la bici y como peatones.
Bajamos a la carretera, continuamos por un camino y después por una carretera secundaria hacia Bargota. De nuevo tomamos una pista y descendemos el barranco de Cornava: barro y plantación de pinos con algún árbol frutero; termina el barranco con viñedos, olivares y tierra semiárida. Combinamos camino con pistas asfaltadas hasta entrar en Viana por la calle del Cristo, rúa Mayor y la plaza de los Fueros con la iglesia gótica de portada renacentista. Importante villa medieval y moderna encerrada en recinto amurallado. Merece la pena pararse y gozar del importante patrimonio cultural
Dejamos Viana y emprendimos el camino de la ermita de la Virgen de Cuevas.

-Mikel, llevamos sin hablar casi desde Torres del Río. Pensaste en argallar (discurrir) algún cuento.
-En eso fui pensando en este tramo del camino. Voy a contarte  lo que he inventado:

Esto era una vez un abuelo, algo loco, que viajaba con un nieto razonable, sensato (¿?). Un día se le ocurrió fotografiar en un barranco, como el que acabamos de pasar, a un cabritillo que vio en un recorte de la roca. Cuando más emocionado estaba se dio cuenta de que por el aire venía volando una águila para llevarse al animalito; rápidamente se tiró a por él, lo cogió en el regazo y corriendo se metió en una cueva, sin percatarse de que allí vivía un enorme oso. De repente oyó un ruido y vio al animal levantado sobre sus dos patas y con ganas de “abrazarlo”; el abuelo se dio media vuelta y salió disparado con el cabrito al hombro y agarrándolo por las patas, tropezó y cayó por el barranco. Por imperativo del tropezón soltó al animal que quedó en un saliente de la roca -el águila ya había desaparecido-, mientras él continuaba como un  muñeco de nieve dando tumbos por la cuesta abajo, y, cuando ya se acercaba a un precipicio, aparecieron un montón de cabras que haciendo una especie de muro para pararlo evitaron que se matara; para agasajarlo comienzan a dar brincos a su alrededor, junto con el cabritillo que acababa de salvar, levantando mucho polvo, lo que hizo que su nieto lo pudiese localizar y acercarse a él con el pequeño botiquín de urgencia que llevaban, y así poder curarlo de las heridas. Al ver que la cosa no era grave rompió a reír a grandes carcajadas, para olvidar el miedo que pasó al verlo desaparecer.

-Ya tienes la foto… Te costó un poco...
-Déjate de caralladas (tonterías) y espero que esto no se lo cuentes a nadie.
-Ya, Ya. Que voy a pasar sin contárselo a Brais y Sabine.
-¡Ríete, ríete! ¿Salvé o no al cabritillo?
-Salvaste, salvaste; pero por poco te matas. ¡Cabeciña!, ¡cabeciña…!

-No sería yo el abuelo del cuento, eh!
-No, que tú no te atreves a hacer esas cosas, tú eres un poco más formal.

-Y entonces… ¿Por qué estás sonriendo? Espera no corras. Ya verás lo que hago contigo cuando te coja.

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