...xunto á ribeira
das túas mans
Ti, que existes
para min na terra.
Saturnino
Valladares
En la desembocadura del río Balboa en el Valcarce nos
encontramos con Ambasmestas que conserva restos de una antigua calzada
romana. Hay documentado un hospital dedicado a San Lázaro y posiblemente para
acoger a enfermos contagiosos, anterior al s XVI.
Continuamos hacia Vega de Valcarce y, después de andar un pequeño trecho, nos paramos
para hablar con dos jóvenes, hombre y mujer, sentados en un muro y con cara de
preocupación o impotencia; al acercarnos nos fijamos en que una de las bicis de
montaña estaba pinchada. Miramos y sonreímos.
-Parece que se os ha pinchado la rueda de la bicicleta.
Nosotros hemos tenido suerte: venimos de Roncesvalles y hemos ido librando. ¿Qué
pensáis hacer?
-Eso es lo que estamos haciendo, pensando –habló el
hombre. No tenemos ni idea de cómo reaccionar en estos casos.
-Antes en cada pueblo había alguien que arreglaba
bicis y otros desperfectos, hoy no.
-Tenéis suerte de encontraros con nosotros.
Los dos miraron a Mikel, con cara de extrañeza,
que fue el que habló y continuó:
- ¡Estáis ante los
mayores chapuzas de El Camino! Somos como Pepe Goteras (dijo mirando para mí) y su pinche. ¿Abuelo, qué te
parece si les ayudamos?
-Me parece bien. Tienen cara de buena gente.
La pareja, en silencio, desconcertada, miraba al
abuelo y al nieto. Seguro que pensaban: y,
éstos, ¿de dónde han salido?
-Tranquilos non somos templarios, ni de la orden
de Montesa o de Santiago. Somos un abuelo y un nieto algo toleiráns (pirados, grillados, idos, lunáticos, chalados) que no
hacen daño y están haciendo esta peregrinación, eso sí, tomando todo un poco a cachondeo. En fin, intentando pasarlo, y
haciéndolo pasar, lo mejor posible.
Ellos seguían mirándonos y mirándose, callados, hasta
que se dieron cuenta que éramos inofensivos y que podíamos ayudarles. Al tiempo
que se echaron a reír con una escandalosa carcajada
-Yo soy
Mikel –dijo alargando la mano, primero al chico, que le quedaba más cerca y le
estampó un sonoro beso a la chica, que quedó sorprendida-. Soy, de los dos, el más
serio y responsable, cuido de este vello (viejo)
carcamal.
-Yo soy Ignacio, y vengo con mi nieto que ya veis es
un poco trapalleiro (poco formal). Y dirigiéndose a la chica le dijo, con una sonrisa:
¡ten cuidado con él que es un conquistador!
La chica sonrió, como diciendo “¡menudo par de pájaros!”
-Yo soy Alfonso.
-Hola! Yo, Conchi –dijo al tiempo que nos estampaba dos sonoros besos, como venganza.
- ¡Pinche!, saca la caja de las herramientas.
Así lo hizo el niño. Sacó la caja de uno de los
bolsos de la bici.
Ya me había preguntado para qué valía eso, y yo me
di cuenta de que lo llevábamos, creo, que en el Monte del Perdón. Fue cuando le
expliqué como se arreglaba un pinchazo…
- ¡Menos
samba e máis traballar! ¡Palancas! –le dije a Mikel.
Mientras las buscaba fui quitando la rueda delantera,
que era la que estaba pinchada aflojando las palomillas. Después con las palanquitas que me había dado Mikel, fui
separando la cubierta de la rueda, por una de las partes, para poder sacar la cámara.
-Esta bici no es nueva. Las que vienen ahora ya no
traen cámara. Suerte que a las nuestras
les pasa lo mismo.
-Es de mi padre –dijo Concha-, tiene muchos años.
Estaba empeñado en que la trajésemos… Es un poco pesada, había que darle esa
satisfacción; los padres no son como los abuelos.
-Ni los nietos como los hijos. ¡Lija, parche y disolución! –dije mirando para Mikel.
-Tú te estás comportando como si estuvieses en un
quirófano: tú de médico y yo de enfermera. ¡Toma!
Alfonso y Concha se echaron a reír.
-Eso mismo estaba pensando yo, pero no me atrevía
a decirlo –dijo Concha.
Rasqué en la cámara, después de encontrar la
picadura, soplé para limpiar los restos, eché la disolución, esperé un tiempo, y,
al fin, pegué el parche. Finalicé la
operación volviendo a montar la rueda.
-Ahora me vas a pedir el bombín. Aquí lo tienes, ya me adelanté a tus pretensiones.
-Pues si… pero vamos a dejarle a Alfonso que le dé
aire. ¿No te parece?
-Es que, si no, parecería que lo hicimos todo
nosotros.
-Ahora ya sabéis como se arregla un pinchazo.
-Os invitamos a cenar en Vega de Valcarce –dijo Alfonso.
Nos miramos Mikel y yo.
-No, ¡oh! no. No es por el pago –dijo Concha, cuando
vio la cara que poníamos. Es que sois un poco especiales. Lo pasamos bien con vosotros
y queremos cenar riendo, no queremos pensar en problemas.
-Acepta. Que a mí me caen bien –insistió Mikel.
No es que tuviéramos hambre, habíamos comido en Villafranca,
pero a mí también, desde el instante en que los vimos, me parecieron
simpáticos.
-Bien acepto, pero vamos a ver el pueblo de Vega de Valcarce antes de cenar. ¿De acuerdo?
-Sííííí -dijeron todos al mismo tiempo.
Llegamos al pueblo y les dije:
-Entre el Castro
de Veiga, del que se supone, pero de él no queda nada, y Castrosarracín
fundado en el s. IX por Sarraceno, conde de Astorga y del Bierzo, situada en una
zona física privilegiada está Vega de
Valcarce, último municipio de León en El Camino de Santiago. Al norte se encuentra
el Castro de Veiga y al sur el Castillo de Sarracín. ¡Vedlo ahí!
Los cuatro miramos el castillo, cada uno imaginamos
la vida en el castillo y su influencia en el valle. Mientras, yo buscaba la ficha
que tenía sobre el castillo.
-Pieza
principal en la entrada de Galicia. Se piensa que jamás fue asaltado. Se construyó,
según algunas crónicas, en el s. IX, reinando Ordoño I (850) por nuestro amigo el
conde Gatón (dije mirando al niño), de lo que ya tenemos hablado, y renovado en siglos posteriores.
Rodeamos la Iglesia
de la Magdalena, que estaba cerrada; planta única rectangular y torre
campanario, en la que podemos apreciar remodelaciones en siglos posteriores al
s. XVII.
Después del paseo, apreciando el tipo de edificaciones
que se repiten por la ruta que vamos haciendo, y que ya tenemos comentado,
decidimos degustar la cena ofrecida.
Tasca típica con poca luz, mesas y bancos de
madera hechos de forma tosca como si se hubiera utilizado una macheta, por aquello
de parecerse a lo de antes, chimenea (que se utilizaba en el invierno, que no
era de adorno) y una cafetera y la TV que rompían la decoración del conjunto.
- ¿Qué pedimos? –dijo Alfonso.
- ¿Os gusta el jamón, los chorizos y la tortilla?
-A nosotros mucho –contestó Concha.
-Pues lo tenemos muy fácil.
Llegó un rapaz joven con pintas de estar estudiando
en la capital o en Santiago, con la camisa desabotonada y por encima del pantalón
vaquero caído lo suficientemente de una manera intencionada.
-Queremos una bandeja de jamón, chorizo de la casa
y una tortilla… ¿puede ser?
- ¡Andando! … ¿y para beber?
-Yo agua –dijo Alfonso.
-Yo también.
-A mí tráeme agua y vino tinto de la casa –dijo
Mikel.
-Se echaron a reír.
-Es que el niño es tan listo que ya sabe lo que
bebe el abuelo.
-Los hay que coleccionan estampitas, mi abuelo lo
hace con vasos de vino. Le gustan de todos los sitios, a no ser, por llevar la
contraria, los de la zona de la Rioja.
- ¿Sabéis lo que colecciona él…? Colecciona novias.
Si…cuéntales, cuéntales. Por algo Conchi te decía que te cuidaras de él…
Meneó la cabeza y contestó.
-No le hagáis caso, solo tengo tres…
De nuevo risas.
-Antes del verano, solo tenía dos –dije yo.
-Tampoco son tantas. Yo a ellas no les pregunto cuántos
tienen.
-Eso sí que es una forma liberal de entender el
mundo –dije.
-Bien. Deja de hablar como si me fuese a casar mañana.
No le hago daño a nadie, así que eso debe de ser bueno.
-Tranquilo, que llevas razón. Siempre que hagas lo
que ya comentamos allá por Logroño o Burgos.
-Sí, Sí, por supuesto.
-Os estamos dando el coñazo –dije mirando a nuestros amigos.
-Qué va, sois muy simpáticos.
-Bien, ¿ahora nos contáis algo de vosotros? ¿A qué
os dedicáis?
-Somos maestros, yo con plaza y Concha de
interina. Por lo menos así era cuando terminó el curso.
-Por las noticias de los periódicos la cosa anda achuchada.
-Ni nos respetan, ni nos pagan, ni nos consideran.
-Mira yo soy colega vuestro, conozco el problema
después de haber trabajado más de cuatro decenas de años. De todas las maneras,
lo que percibo es que vosotros, con más medios y con más sindicatos, estáis mucho
menos organizados y sois menos luchadores por vuestros derechos que mi generación,
y estoy refiriéndome a la época en que disfrutábamos
de nuestro amado Generalísimo. Conseguimos ser respetados con aumento de sueldo,
mejora de los centros, más material… Pero nada sale gratis. Teníamos dos
problemas, uno de formación y otro de organización. La formación en las Escuelas
Normales franquista era tercermundista, atacaba a todos los modelos científicos
del momento, realmente era deformadora; por nuestra cuenta, sin ayuda de nadie
e incluso teniendo en contra a la inspección de educación represora de ayer y
de hoy, fuimos capaces de actualizar metodologías de conocer referentes pedagógicos
y didácticos que nos transmitíamos unos a otros…
Menudo rollo os estoy contando, es que me embalo
cuando hablo de educación, tenéis que perdonar.
-Qué va, tienes toda la razón. Nosotros de toda
esa lucha no sabemos nada. En el fondo somos unos incultos adaptados, sin
espíritu crítico…
- Cambiemos de tema, -propuse.
Seguimos hablando y nos contaron que eran pareja,
que pensaban casarse a la vuelta del viaje; que no tenían claro dónde vivirían.
Habla, habla… hasta que Mikel se cansó y les dijo que les íbamos a cantar una cantiga de nuestra tierra cuando
tomáramos el café en la terraza exterior, y así fue.
Comenzamos por la Cantiga de Betanzos:
O primeiro no amor sonche os bicos
o segundo beliscos pequenos
o terceiro ben achegadiños
e ó remate sonche os nenos
(Esta estrofa la iba escenificando Mikel con
Concha, que reía con carcajadas sinceras)
Arroz con
chícharos,
patacas
novas,
repolos
de Betanzos.
E máis
cebolas…
Al terminar dijo Mikel:
-Tenemos que enseñarles una de nuestras canciones.
Venga abuelo ¡escríbesela!
Y me puse a escribirles “O galopín” que tiene que ver con mozos casadeiros (que van a casarse):
Eu
queríame casare
miña nai
non teño roupa,
casa miña
filla casa
que unha
perna tapa á outra.
Para vir
a xunto a min,
para vir
a xunto a min,
vai lavar
a cara,
vai lavar
a cara,
vai lavar
a cara,
galopín.
Eu
queríame casare
miña nai
dime que é cedo,
ela como
está casada
non sabe
as ganas que eu teño.
Para vir
xunto a min…
Después de los cantares, nos despedimos con el intercambio
de tarjetas, oferta de casas… y bicos
(besos). Concha era muy amiga de besar. Marcharon abrazados y cantando O
Galopín que les había escrito.
Teníamos que comprar fruta y queríamos llegar a Ruitelán, a cuatro o cinco km., y dormir
allí si podía ser como lo había hecho San Froilán unos mil doscientos años
antes.
Ningún comentario:
Publicar un comentario