Aos dazaoito anos
empezou a sentir ansias de soidade…
(Diácono Xoán)
A la orilla del río Valcarce está Ruitelán.
Pequeño pueblo en el Camino, con una iglesia dedicada a San Juan Bautista
(XIII-XVII) con bóveda de cañón en piedra.
Cuentan las crónicas que en la actualidad lo habitan alrededor de treinta
personas.
Hablamos de por qué se inició aquí, como anacoreta, nuestro (de Lugo) buen
Froilán a la edad de dieciocho años, mucho antes de ser santo y mucho antes de
ser obispo. Recordamos cuatro ideas de la época, del tipo de sociedad que le
tocó vivir y del tipo de vida que escogió…
Nos dirigimos a la modesta ermita de San Froilán en la ladera de una subida,
rodeada de árboles con mucha frondosidad en las afueras del pueblo.
Recientemente restaurada con una escalinata de peldaños de piedra y como única
decoración una figura del santo entre la puerta y el tejado. La puerta está
abierta y se aprecia al fondo un retablo de madera, sin ninguna figura y algo
abandonado, con la apertura del hueco de la cueva en la zona de la epístola.
Dada la altura de San Froilán –se deduce de la tibia que se conserva en
Lugo- no podría haber permanecido de pie en esa cueva, tendría que utilizarla
solo para dormir. Lo que sí es cierto es que se encontraba muy limpia, sería
porque la mantienen así los vecinos o porque, como dice el diácono Juan, se
mantendría limpia de hierbas para siempre. No lo preguntamos para mantener la
leyenda en nuestra memoria de incrédulos.
-Mira Mikel, cuenta a leyenda que los ratones le comieron parte de los
libros de Froilán y a los campesinos el grano. Aún sin ser santo, los expulsó del
pueblo, y dicen que por mucho tiempo. Supongo que a estas alturas ya habrán
vuelto. Tampoco lo preguntamos. Nos quedamos con la duda.
Buscamos dónde pasar la noche como en el año 851, y encontramos un tronco
abichado de un castaño con muchos años en el que se guarecería Mikel; yo lo
haría sin ninguna protección al raso. Después
de explorar la ermita y alrededores nos tumbamos en la pradería, como una nueva
chifladura en nuestra aventura. Preparamos algo de leña para hacer lumbre por si
lo precisábamos, mas no llegamos a utilizarla gracias a la espléndida noche que
hacía.
-Tendremos que tener cuidado con el fuego. Lo haremos encima de estas
losas. Sabes que está prohibido en esta época del año. Aquí no hay peligro por
la abundancia de vegetación. Como aún es temprano, mientras comemos algo, vamos
a leer este libro.
Había sacado un libro de la bici que acercado a la ermita desmontados y
empujando los dos. “La isla del tesoro”
de Stevenson, publicado en 1883. La escribió
para ser publicada por capítulos, capítulos que leía la familia e ellos, a
veces, le daban ideas para los futuros entregas. Cuando escribió la obra
contaba con treinta años y fue su primer éxito. Todo esto se lo fui contando al
niño antes de empezar la lectura.
Una buena pregunta para Sabine y Brais sería que nos digan el nombre de alguna
mujer de la novela.
Comencé a leer el primer capítulo y cuando aún no lo habíamos terminado comenzaron
los sonidos, gritos o silbidos…, la verdad que parecían fúnebres, de una lechuza
muy cerca de nosotros. Mikel se estremeció y yo llevé un susto de moito carallo (muy grande) que
disimulé como pude. No le dije que sonaba: ¡cavar!
¡cavar!; leyenda extendida que dicen escuchar como camino a la preparación
de la fosa donde depositar el ataúd.
-Tranquilo Mikel, es una lechuza. Es un ave que caza de noche: ratones, pequeños
mamíferos, insectos, otras aves e incluso peces… Si, ya sé que San Froilán hizo
emigrar a los ratones, así que, o volvieron o se alimenta de otros animales.
Tiene un tamaño más o menos así (se lo dije con las manos señalando entre veinte
o treinta cm.), plumaje amarillo con zonas blancas en el pecho y patas; el pico
corto y curvado; grandes ojos con una vista privilegiada para desenvolverse en
la noche; la cabeza gira casi dando una vuelta completa.
Mitos, leyendas y creencias la alían con la brujería, lo mismo que los cuervos
y las hurracas, ¿recuerdas? Pero nosotros nada tenemos que temer, aunque nos
asuste por lo estridente de su canto; no nos va atacar, así que vamos a
terminar este primer capítulo y nos preparamos para dormir, ¿a ver cómo se nos
da la noche?
Antes de finalizar la lectura, y a pesar de la lechuza, Mikel ya estaba
durmiendo. La verdad era que estábamos cansados… Yo medio sentado y el niño apoyado
en mis piernas totalmente estirado en el suelo. Menos mal que no nos estaba viendo
su madre, quién sabe lo que haría. Seguro que el niño no se lo iba a contar. No
habíamos escogido un buen día para dormir en el monte, pues el camino que nos
esperaba hasta O Cebreiro era muy duro, no por la dimensión de su recorrido, sino
por la diferencia de cota de los 671m. de altitud de Ruitelán íbamos a pasar a
los 1295 m .
del Cebreiro en un trayecto de diez km. aproximadamente.
Me desperté a las seis de la mañana con las piernas dormidas por el peso de
Mikel. Me fui apartando como pude para que él siguiese durmiendo y me puse a
andar alrededor del árbol para desentumecer los músculos. Cogí una naranja y la
fui pelando al tiempo que seguía andando. Lo curioso es que no tuvimos que
prender la lumbre, la noche no fue fría. Mas a mí me dolían todas las juntas,
mi artrosis pasaba factura, ya no estaba para hacer de anacoreta. Después de una
hora, fui a por el Códice Calixtino y leí lo que ponía de los gallegos, al fin,
todo esto fue Gallaecia:
“…A continuación atópase a terra do
galegos, unha vez pasadas as comarcas de León e o porto do monte Irago e do Cebreiro.
Esta é frondosa, abundante en ríos, prados e excelentes pomares, bos froitos e
clarísimas fontes, pouco poboada de cidades, vilas e terras de labor, escasa en
pan de trigo e viño, abondosa en pan de centeo e sidra, rica en gando e
cabalerías, en leite e mel, en peixes mariños grandes e pequenos, en
ouro e prata, en teas e peles de animais salvaxes e outros recursos, abundante
mesmo en tesouros árabes. Os galegos seméllanse bastante nos costumes á nosa
xente gala máis cós outros incultos pobos españois, pero son iracundos e moi
preiteantes” (ya por aquel
entonces, pensé…).
Al terminar de leer vi que Mikel comenzaba a despertarse. Esperé a que se hiciera
su composición de lugar.
- ¿Qué te parece la experiencia? -le dije.
-A mí bien. Dormí como un burro.
-No sé cómo duermen los burros... Hablando de burros, aquí fue, según la leyenda,
donde San Froilán domesticó al lobo que le había comido su burro y, de esa manera,
cargó, a partir de entonces, con los libros del santo.
Y volviendo a lo de dormir, a mí que me duele todo el cuerpo, si piensas en
el Froilán de su época, seguro que estaba algo mejor preparado: se habla de una
cueva o algo parecido. Por algo se instaló en este lugar, imagínate en invierno,
en los días fríos, pues aquí tiene que nevar todos los años.
-Tú y yo no tenemos espíritu de anacoretas –dijo el niño. A ti te gusta el
vino y a mí la cama.
-No creo que pienses en pedir a los vecinos que nos den el desayuno, como hacía
San Froilán, pedía o se lo daban sin pedirlo… De todas maneras, tenemos que
recoger y seguir El Camino. Y antes tengo que leerte lo que pone de los gallegos
el Códice Calixtino.
Así al tiempo que nos preparábamos le fui leyendo el Códice.
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