venres, 27 de novembro de 2015

XLVI. Capitán



Arrimadiño a unha pena,
púxenme a considerare
os traballiños que pasan
os mariñeiros no mare.

(Cantiga tradicional)


Montamos en la bici pensando en bajarnos después de recorrer tres o cuatro km. Para seguir a pie por mor de la cuesta pronunciada que nos espera. Comenzamos con una pequeña pendiente, abandonamos la nacional VI para recorrer una carretera estrecha hasta llegar al cruce que nos lleva a las Herrerías de Valcarce con una población diseminada en tres lugares. Como nos indica el nombre tuvo herrerías en su tiempo (hasta principios del s. XX), aún hoy se puede apreciar el edificio dedicado a la fundición del hierro del mineral procedente de las minas de Caurel. También podemos visitar la antigua fragua de la Casa do Ferreiro.

Uno de los lugares de los que hablamos se llama Hospital, y se llama así por haber sido un hospital inglés documentado en los s. XII y XIII y citado en una bula del papa Alejandro III en el año 1178.
La iglesia parroquial barroca, como casi todas están cerradas y cuentan mis apuntes que tiene un Cristo del s. XVI.
Desayunamos, pues teníamos necesidad de tomar un buen café:
-Queremos un café doble y un bocadillo de jamón.

Comemos unas galletas mientras partimos el bocata por la mitad. Estamos serios.

-Yo quisiera ir por el camino y no por la carretera, para eso tenemos que tomarlo con calma, con calma chicha (como dicen los marineros), vayamos a nuestro aire, ¿tú que dices?

Mikel me miró con su sonrisa irónica y dijo:

-Me parece bien, pero no me pidas después que te lleve en el regazo… Ya sé que quizás sea el trecho más duro con el que nos enfrentamos. Por lo menos vamos a intentarlo.

Una pendiente exagerada: no solo nos cuesta andar por el asfalto, sino que cuesta mucho más tirar de la bici.

-Tranquilo abuelo que tenemos todo el día para esta subida.

Recordé la parte del artículo firmado por Paolo Caucci von Saucken (Rector de la Confraternita de San Iacobo de Compostela-Perugia) en la Revista Peregrina:

“…Son los peregrinos los que establecen etapas, necesidades y exigencias. Las infraestructuras nacen después. Las más auténticas del mismo Camino, como ocurrió en los años setenta cuando don Elias Valiña abrió su casa, las pallozas y su corazón a los peregrinos que llegaban a su querido Cebreiro desde los valles del Bierzo. Eligió para ellos, junto a ellos, los mejores caminos, sin abandonar la verdad histórica ni las tradiciones locales que conservaban la memoria del Camino…”.

También le expliqué a Mikel cómo llegué a conocer a estos dos personajes: Paolo Caucci y don Elias Valiña. Con el primero guardo amistad personal; del segundo solo recuerdo su figura delgada y quizás ya enferma, hablándonos en su iglesia del Cebreiro do Milagre allá por los años sesenta.

Rematado el asfalto, continuamos por la senda. Topamos con un peregrino que llevaba un burro por el ramal.
-Por este camino van mal deberían ir por la carretera.
-Ya sabemos, ya; mas preferimos coger por esta senda.
-Si quiere, el burro puede llevar al niño.

Yo miro a Mikel, que me indica el no con un movimiento de la cabeza.

-No gracias, tengo que ayudar a tirar con la bici a mi abuelo, que ya está viejo y cascado.
-Pues no parece tan viejo, ni parece cascado –dijo el peregrino.
-Pues su hija, que es mi madre, me encargó que cuidara de él, que a veces non é ben (que a veces está pirado).

Arrimé la bici a un árbol y el niño escapó corriendo y diciendo:

-Ya lo ve, y a veces es agresivo. ¡Tenga cuidado con él!

El peregrino me miró desconcertado.

-No le haga caso, que es un trapalleiro (poco formal), y está tomándonos el pelo. Tome un grolo (trago) de este vino que hace olvidar las penas. Ven Mikel, toma esta manzana.

El niño vino sin miedo ninguno y el peregrino se percató que entre nieto y abuelo había buen rollo.
Hablamos un buen rato y nos contó que era capitán de la marina mercante, que había surcado todos los mares y atracado en los puertos más importantes del Mundo.
El niño le preguntó muchas cosas. Grandes animales marinos, el Titanic, los submarinos, los grumetes… Las dos últimas fueron:

- ¿Cómo se pasa por un canal como el de Panamá? Es que, este abuelo mío, me llevó con mi hermano Brais, a una exposición que hay en un pueblo cercano a Amsterdam donde explican cómo se hizo el Canal de Panamá: barcos, paleadoras, material y máquinas utilizadas… hasta el número de personas que murieron en su construcción. Pues no sé si sabe que el Canal de Panamá lo hicieron los holandeses.

Esto último lo dijo con orgullo mirándome a mí. Yo sonreí.

-Lo que tienes que hacer para navegar por el canal es pedir permiso para pasar y después ponerte a la cola, hasta que llegues a las esclusas: son como calderos grandes; entras en ellas con el barco, se llenan de agua y el barco sube con el agua, cuando está a la altura de la otra pasa lo mismo, hasta que ya puedes navegar por los lagos hacia otro océano.
-Mira Mikel te lo voy a dibujar en la pizarra: barco, esclusa, agua…
-Así se entiende bien. He de hacer un experimento en la playa y enseñarle a Brais como se puede subir con un barco como estamos subiendo, incluso más sencillo, ya que no tienen que sudar como nosotros.
-Ya, pero en lugar de un camino habría que tener unas infraestructuras mucho más importantes -dije yo.
-La última pregunta que me gustaría hacerle es: ¿cómo se defiende un barco grande cuando hay una enorme tormenta y las olas son de muchos metros?
-Este niño es muy listo…Buena pregunta. Mira, es simple, se pone rumbo contra las olas y los motores funcionan de tal manera que el barco va despacio, despacio, muy lento, hasta que mejore el tiempo o queda atrás la tormenta. Con todo, el miedo es libre y siempre se piensa mal, hay que tener mucho cuidado… y suerte.
-También es curioso, que estemos hablando de barcos y mar subiendo por El Camino hacia O Cebreiro.

Menos mal que llevábamos también agua que nos daba fuerza para seguir. Cruzamos el arroyo de Refoxo, dura subida entre bosques de castaños y robles que nos acercó a  Faba, pueblo documentado no s. XIII con el nombre de Villa de Urz o Villa de Us, población diseminada, y continuamos por una vereda hasta llegar al último pueblo leonés La Laguna de Castilla, a 1170 m. Poco quedaba ya de subida, por lo que tenemos que decir con el Padre Antonio de Yepes (s. XVII): “…Uno de los lugares más agrestes y difíciles que encuentran los peregrinos son estas montañas do Zebrero, por su mucha rudeza y altura, fríos, nieves e incomodidades, con las dificultades de la subida y bajada. Y así fue muy grande providencia de los reyes de España poner en aquella alta cumbre un hospital para socorrer y donar a los pobres peregrinos, y aún a los ricos, que cuando rematan aquella costa llegan arqueando y reventados.

Y así llegamos a O Cebreiro.

-Ahora que estoy viendo meter el burro en el remolque recuerdo un cuento de procedencia oriental llamado “La fábula del abuelo, el nieto y el burro” contado por tierras de Castilla, esto es:

“Cierto día iban para la ciudad un abuelo con su nieto a vender un burro en la feria. Al salir el abuelo le dice al niño que vaya caminando al lado del asno para no cansarlo y que así tenga mejor presencia para venderlo mejor. Y aparecen unos caminantes que dicen:
- ¡Qué parvada (tontería) que el niño camine al lado del burro! Pobre niño, debía ir montado en él.
Entonces el abuelo le dice al niño que monte en el burro.
Más adelante encuentran otros caminantes que dicen:
-Ya está bien, el niño que es joven va en burro e el abuelo que es viejo va caminando.
El niño baja del burro y monta el abuelo.
Siguen andando y más tarde encuentran otro grupo de gente que dice:
-Por qué no irán ambos en burro.
Al verlos, otro grupo manifiesta:
-Pobre burro los dos encima y el burro renqueante.

Se miran el abuelo y el nieto dice:

- ¿Tú que piensas, abuelo?
-Lo mismo que piensas tú. Que nos importa un carallo (poco) lo que piense la gente. Vamos hacer lo que nosotros creamos correcto.”

-Hay otra versión en la que incluso después de las últimas críticas deciden llevar el burro a cuestas. La conclusión es la misma. A mí me gusta más la primera versión. ¿Y a ti?
-A mí también. Eso de cargar con el burro debe de ser un poco estresante. De todos los modos pienso que el viejo tiene razón: la gente que cuide de su casa y deje gobernar a cada uno la de los otros.


Nos despedimos del capitán; dejaba El Camino para continuar en otras vacaciones. Un hermano suyo venía a buscarlo con un remolque de llevar caballos. Recorrió cerca de quinientos km.

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