domingo, 7 de decembro de 2014

IV. Río

…Desde calquera recuncho
atoparei a tolemia necesaria para seguir sendo eu.

José Blázquez


Después de abrir y cerrar algunas cancillas en el camino, llegamos a Zubiri. Desde el Puente de la Rabia, que llaman así porque la gente creía que pasando por debajo del puente los animales que tenían la rabia sanaban, gozamos mirando el discurrir de las aguas del río Arga, río que no nos va abandonar Puente la Reina.

-Este río sí que va limpio –dice Mikel.
-Hombre, es un río de montaña. Hasta aquí aún no ha llegado la contaminación. Seguro que tiene buenas truchas.


Pasamos por delante de la iglesia, relativamente nueva.
Tienen un pequeño albergue que como los que ya vimos anteriormente permanecen cerrado a estas alturas del año.
Seguimos el Camino hacia Larrosoaña, no sin antes pasar por una fábrica llamada Magna, situada en la orilla del río, y de la que debían evitar la caída de materiales del vertedero a sus aguas. La fábrica, como indica su nombre, procesa magnesita. Seguimos por lugares de muy escasos habitantes por el camino que discurre a lo largo del Arga. Finalmente, encontramos una presa que imaginamos es para mover la piedra de lo que nos parece un molino, pues no lo apreciamos con claridad porque se encuentra en la otra orilla del río y no vemos a nadie que nos saque de la duda.

-Mira, en el Miño -el río que pasa al lado de donde vivimos en Lugo-, también hay presas que nosotros llamamos caneiros: valen para cruzar el río y sobre todo para pescar, especialmente anguilas, cuando remontan el río; algunos caneiros incluso tienen como una caseta para  guarecerse y facilitar la vida del pescador. Algún día ya te explicaré la vida de las anguilas que es muy curiosa; Cuando lleguemos a Portomarín -un pueblo del Camino en la provincia de Lugo-, podremos comerlas en un restaurante que hay antes de cruzar el puente y donde, por cierto, las preparan muy ricas
Ahora quiero contarte otra cosa, que me viene a la memoria al hablar de los caneiros. Cuando yo era como tú no íbamos a la playa. Mi padre trabajaba mucho y ganaba poco dinero. Lo mismo les pasaba a todos mis amigos del barrio de Lamas de Prado.
Cuando nos daban las vacaciones de verano íbamos a bañarnos al río Miño andando unos tres kilómetros. Antes de partir, mi madre hablaba con el niño mayor, que era una especie de jefe de la expedición, y le decía: “Manolo, cuídame bien al niño, que es el único que tengo (se lo decía con una sonrisa de preocupación).
Lo cierto era que todos los años moría ahogado algún joven; además de saber nadar había que conocer el río.
El tal Manolito del Guardia, -que así le llamábamos por que  su padre era guardia municipal-, cuidaba de todos nosotros, y lo cierto es que lo debía de hacer bien porque no recuerdo que hubiese jamás discusiones o peleas. Llegábamos al río, a un lugar conocido por La Aceña del Rey Chiquito (no me preguntes por qué) y nos bañábamos, teniendo en cuenta unas condiciones no escritas: los pequeños que no sabían nadar en la parte baja del caneiro, donde había poca agua y siempre vigilados por un mayor más experto. Los que sabían nadar se bañaban en la parte alta del caneiro donde había mucha agua. El momento en que te autorizaban para poder nadar en la presa era el más importante del verano –eso ocurría después de tiempo de aprendizaje. Era como si te armasen caballero. Eras mayor y competente, eras todo un hombre (aunque tuvieses sólo diez años). Lo hacían a conciencia, cuando ya eras un experto, y confiaban en ti, con todas las garantías, entonces ya podías enseñar a los más pequeños.
Al terminar el baño comíamos el bocadillo. A veces los intercambiábamos: a mí me gustaba mucho el pan de Juanito porque  su padre era guardia civil y tenían los llamados chuscos (un bollo especial para los militares); él, por el contrario, estaba de chusco hasta las narices (se dice así aunque sólo tenemos una nariz…) Después jugábamos con el balón y más tarde, antes de que se hiciera de noche, volvíamos para casa. Recuerdo aquellos veranos con verdadera nostalgia; sé que son vivencias irrepetibles.

Paso unos segundos con la vista fija en el infinito. Y oigo:

-Eh! Eh! Deja de recordar, que te olvidas de que estoy aquí! –me dice Mikel con una sonrisa de pillo.
-Tienes razón. Ahora que me acuerdo, este año te vi nadar muy bien a la  rana. ¿Cómo has aprendido? El año pasado no sabías, y daba la impresión de que le tenías miedo al agua.
-Ahora te lo explico, pero antes dime una cosa, sólo ibais a bañaros los niños. ¿las niñas no se bañaban?
-Sí, lo hacían, pero cuando iban con sus padres, los domingos. Yo no recuerdo nunca una niña con nosotros en la Aceña del Rey Chiquito.
Los domingos del verano solían ir las familias enteras a pasar el día a la orilla del río. El transporte de la comida y demás pertrechos se repartía, nadie de nuestro entorno tenía coche; la comida la llevaba la madre, bebida y baraja el padre y por último, la manta y la pelota los niños que solían ir antes para escoger un castaño o roble que diera una buena sombra. Nos bañábamos todos, excepto las madres que se quedaban preparando las cosas. Así que como podrás entender cuando llegaba la hora de la comida lo que nos sobraba era apetito.
La sociedad estaba muy vigilada por la moral católica que exigía la separación entre niños y niñas, y también entre hombres y mujeres, era la moralina imperante en aquel entonces. Todo era pecado. No lo entiendes, es difícil de entender…Estaba prohibida toda manifestación pública de afecto En la escuela, los niños y las niñas también estaban separados, también en el instituto... incluso en la Escuela Normal donde estudiábamos para ser maestros.
-Cacho carallada.
-Me da la impresión de que cuando estás con tus padres no hablas así, ¿o si?
-Contigo es diferente. Yo lo aprendí de ti.

A veces es mejor estar callado.

- Mira abuelo, en mi equipo de fútbol también juegan niñas.
-A mí me parece muy bien, eh! Pero, aún no me has contestado a la pregunta de ¿dónde y cómo aprendiste a nadar. (Tenía miedo de seguir con el tema, esas cosas son complicadas de explicar a un niño de hoy; ya tendremos tiempo de hablarlo más adelante)
-Te voy a contar cómo aprendí a nadar, -me dice Mikel.
 Cuando llegamos a mi edad, nos recomiendan que aprendamos a nadar. Mi padre me llevó a una piscina donde van mis amigos del pueblo. Me apuntó a un programa que hay específico para niños de mis años. Me metieron en un grupo que dirigía un monitor muy serio. Al principio casi le tenía miedo porque nos gritaba, pero más tarde, ya con más confianza, me di cuenta de que era su forma de ser y lo hacía para que nos mentalizásemos de que lo que estábamos practicando era peligroso; mas era una pose y me convencí de que nos trataba bien, que era bueno con nosotros. Tenía mucho miedo de que hiciéramos alguna tontería, y nos repetía  “estar en el agua es algo serio, depende de ti tu vida y la de los demás…”
Para el año sigo yendo hasta dominar otros estilos. Al final del programa nos hacen una prueba que consiste en tirarte vestido y calzado a la piscina y ver cómo te las arreglas para salir. Eso es porque como ya sabes en Holanda hay muchos canales y nos preparan para poder defendernos si caes con todo el equipo al agua.

-Pues para el verano vamos a atravesar nadando la ría de Foz, tú y yo, como hacía con tu madre y con tus tíos cuando eran pequeños.

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