domingo, 25 de xaneiro de 2015

X. Saudade



As lembranzas, atadallo de bágoas e ledicias,
quedarán en min, para sempre…

Margarita R. Otero


Montamos en la bici y llegamos al pueblo, pueblo de vino.

Como la bota iba en las últimas y a mí me gusta probar los vinos del lugar, me desprendí de lo poco que quedaba –no es bueno mezclarlos- y preguntando dónde me podían vender un poco, acabé hablando con un hombre que estaba sentado en un banco de piedra a la puerta de la que era su casa. Estaba muy abrigado, diría que a pesar del frío, estaba exageradamente abrigado.

-¡Amigo! ¿dónde puedo comprar algo de vino de este valle?

No me contestó a la pregunta.

-¿De dónde vienen? ¿De dónde son?

-¿Sería gallego? –pensé en lo que dicen de nosotros. Eso sí, preguntó con una amplia sonrisa.

-Esas son dos preguntas –le contesté. - A la primera, venimos de Pamplona; a la segunda, somos gallegos, de Lugo.

-Con lo que me dice ya tiene asegurada la bota llena del mejor vino de la comarca. Venga, aquí tiene mi mano.

Chocamos las manos mientras nos miramos, Mikel y yo, un tanto desconcertados. Él lo notó, nos miró los dos, y nos dijo:

-Hice la mili en el cuartel de Garabolos en los años cincuenta y ocho y cincuenta y nueve.
-Es el cuartel donde están los bomberos, en Lugo –dije mirando a Mikel.

En las navidades del pasado año vieron, Mikel y Brais, salir a los bomberos de las cocheras del cuartel con las sirenas a todo trapo. Les había llamado mucho la atención y se lo contaron emocionados a sus padres cuando llegamos a casa.
Lo que fue cuartel es hoy todavía cuartel pero de bomberos: allí se adiestran, hacen las guardias y allí, también, es donde guardan todo su material. Además también se encuentran los despachos de los llamados viveros de empresa.

-En Lugo encontré moza –aclaró el hombre-. Con ella me casé. Y hasta hoy… Ya tengo seis nietos, alguno mayor, ya casado. ¿A que ahora ya entendéis por qué contesté con preguntas? Todo se pega. Venga, pasad para probar nuestro vino con un poco de queso de oveja. Para el niño también tenemos unos melindres que hace Amparo. Ya veis estoy todo escarallado (enfermo) por culpa del reuma.
-¡Amparo, baja! Tengo aquí una sorpresa para ti.

Vimos aparecer una mujer de unos setenta y cinco años, de andar pausado, con una sonrisa de buena gente y con cierto aire de extrañeza.

-¡¿Buenos días?! –lo dijo medio exclamando y medio preguntando.
-Buenos días –contestamos los dos a coro.
-¿Cuéntame Emeterio?
-Esta buena gente es de tu tierra, es de Lugo.
-¡Qué delicia! ¡Venga un bico! (aún guardaba la afectividad en su lengua materna)
-Los invité a tomar un vaso de vino –dijo Emeterio.
-De eso nada, vamos a comer algo, además del vino. Venga, venga, pasemos a la cocina.

Entramos en la cocina. Una cocina económica de leña, centrada, limpia, con olor a lejía. Con un banco alrededor y un armario de buena madera que ocupaba todo el lateral.

-¿Qué os parece? Como en Galicia. Fue un capricho mío que le costó aceptar a este testán (testarudo).

Comenzó a sacar jamón, embutidos de varias clases y varios quesos empezados. Se notaba que todo debía de ser casero. ¡Qué pena que hubiéramos tomado el bocadillo aún no hacía una hora.

-Este marido mío, está a régimen, ya le tengo preparada la comida.
-Me dejarás picar algo. No hablamos con gente de Lugo todos los días, así que, podré picar algo, aunque me pase un poquito…; la ocasión lo merece.

Amparo movió la cabeza con un gesto que denotaba que el tal Emeterio no seguía de buena gana las recomendaciones del médico. Seguro que estaba cansada de los pretextos de su marido para saltarse el régimen de comidas.

-Anda, anda, que no tienes perdón de Dios, ni sentidiño algún.

Nos miró y continuó:

-Yo me crié en la avda. de la Coruña. Mis padres tenían una tienda mixta enfrente del matadero de Frigsa, nos llamaban Os Coruxos (con referencia al ave de rapiña nocturna, curuxa,  y no al pez curuxo) Éste –miró a su marido-, venía a matar el hambre a la tienda, mientras me embelesaba con su verborrea.
-El soldado más guapo del regimiento.
-Anda…, quita, quita.
-Pues mi suegro nació y vivió siempre en la avda. de la Coruña –comenté yo.
-Entonces, ¿quen vén sendo? (expresión muy gallega que le sale en su lenguaje espontáneo al encontrarse con paisanos. Viene a significar ¿quién es? Con un añadido de a qué familia pertenece).
-Longarela, así también, por ese nombre, conocían a su padre.
-¿El carpintero?
-El mismo.
-Había cantado con mi padre en un coro que se llamaba Frores e Silveiras  antes de la guerra civil. También nos había hecho la reforma de la tienda, y fue entonces cuando le conocí: alto y delgado; un hombre muy serio y muy trabajador. ¿Qué es de él?
-El avolo (así le llaman los bisnietos) está bien. Vive con nosotros –dijo Mikel.
-Será ya muy mayor, a mí me debe de llevar unos cuantos años.
-Tiene noventa y nueve.
-Ya me parecía. Nosotros fuimos siete hermanos. Sólo sobrevivimos cuatro.

Hizo una pausa larga, con la mirada en el infinito. Después, como reponiéndose de su nostalgia, dijo:

-Venga, venga, que tenemos que comer. A ti – dirigiéndose al niño- te voy a dar una lambetada (chuchería).

Y habla que hablarás recordamos el Lugo de los sesenta, un Lugo diferente, un Lugo entrañable donde nos conocíamos todos. También cantamos una cantiga: A foliada de Nadela.

-Conozco esa pieza. Mi padre la cantaba a menudo, y al tiempo recordaba las actuaciones del coro, siempre contaba un viaje que hizo a Avilés: muchas horas de viaje, de alegría, de satisfacción, de júbilo, en fin, de felicidad juvenil. También contaba que le tirara los trastos a una corista (entender cantante del coro)…; cuando llegaba ahí mi madre torcía la cara y se marchaba, aún de mayor tenía celos y mi padre disfrutaba aflorándoselos.
Por cierto, Nadela es una parroquia de Lugo que está situada a ambos lados de la carretera de Madrid. ¿Es así? - me miró y contesté con un gesto. Luego continuó- Tenía una feria muy buena en animales pequeños: pollos y gallinas, conejos y puercos; también quesos y huevos. Lo sé bien porque acompañaba a mi madre que iba a comprar para después venderlo en la tienda. Nos transportaba un autobús de una empresa que se llamaba Os Burozos.

-Esa empresa ya no existe hace muchos años –dije.

La canción sonaba bien, interés mostramos los tres como si fuéramos Los tres tenores: Amparo, Mikel y yo; o nos parecía que había salido bien… Para entonces ya había llenado el vaso de vino varias veces Emeterio.

Por momentos a Amparo se le humedecían los ojos e intentaba disimular. La infancia y la juventud marcan a todos; mucho perdido, aun ganando muchas otras cosas. Melancolía, nostalgia, morriña; recuerdos que fueron, y que nunca se pueden recuperar. Al final nos emocionamos todos, Mikel también quedó afectado por la saudade de unos viejos a pesar de no tener, aún, muchos recuerdos en los que cobijarse…

Despedida. Besos, abrazos y promesas.

La bota llena y los melindres en la mochila del niño, un queso entero y las sobras del embutido, envueltas en papel de aluminio.

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