Can doente, espanta á
xente
Refrán popular
-Mira, ese es el río Salado. De él habla el Códice Calixtino.
Saqué el libro de la cartera de la bici y leí:
Ten coidado que non beban del a túa
boca nin o teu cabalo, porque é un río mortífero. Cando iamos camiño de
Santiago, atopamos sentados na súa ribeira dous navarros afiando as súas
navallas para esfolar, segundo o seu costume, as bestas dos peregrinos que
bebían daquela auga e morrían. Ás nosas preguntas contestaron mentindo que era
auga sa para beber. Por iso demos de beber aos nosos cabalos, dos que morreron
dous no intre, e alí mesmo de seguido os esfolaron.
-Las aguas son ricas en sales, pero no matan.
-Bien, ahora para no engañarme, me tienes que decir el sonido de estas
letras que te voy a escribir en la pizarra.
Le escribí el alfabeto, mejor dicho, las consonantes: b, d, l, m, n, p, r, s, t, suenan como las nuestras. La c con a, o, u, suena igual que con e, i. La ch suena como la j.
La v suena coma nuestra f. La h suena aspirada. La ll
como la l. La ñ no existe. La x tiene sonido de ks. Y la z tiene sonido s. La j suena como la y
griega, ja suena como ya.
Continuamos tirando de la bicicleta hasta Lorca. Vimos en el horizonte el
monte Montejurra, famoso
históricamente por las luchas de carlistas y liberales y recientemente por los
sucesos acaecidos en la época de la Transición. De esto último, por supuesto, no
comenté nada con Mikel porque ni le interesaba, ni lo necesitaba, en ese
momento.
Montamos en la bici y, rodamos cuesta abajo, abrimos los brazos y gritamos
las vocales como dos locos felices y alegres… Pero… no nos percatamos de una
piedra en el camino y zas!, terminamos en el suelo, yo con el pantalón roto y
una herida en la rodilla y Mikel, hábil como un pájaro, de pie riéndose de mí.
Mi cara era todo un poema. Me puse serio. Y mirándole, pensé- Tiene razón.
Me reí de mi situación y también contagiado por su disfrute escandaloso. En
ese momento advertí un extraño ruido, me volví y… ¡¡¡carallo!!!... vi las fauces de dos enormes pastores alemanes
corriendo hacia nosotros. Y sin mirar al niño trepé rápidamente a una tapia. Amedrentado,
pálido… miré a Mikel horrorizado y me dio un brinco el corazón cuando le vi
recoger del suelo una vara y dirigirse despacio hacia los canes y decirles en
un tono misterioso:
-¡Rusting! ¡Rusting! ¡Rusting!
Y con aquella palabra, repetida, desconocida para mí, hizo que los perros,
tan solo después de un pase se detuvieran, sino que con el rabo entre las
piernas diesen muestras de sumisión total al chaval… ¡¡¡Increíble!!!
Y yo, corroído por mi actitud me sentí pusilánime, timorato, apocado; en
fin, gallina, cobarde, cagueta… Miré al niño, que lleno de orgullosa osadía, iba
andando hacia atrás mirando a los animales. Entonces se dio la vuelta, me miró,
me observó un segundo, como un torero después de un pase de pecho y sin más,
tirando de la bici y sin mirar atrás, lo seguí hasta que después de cierto
tiempo le hice un gesto y él me entendió perfectamente.
Nos sentamos en unas piedras, en silencio. Me sequé el sudor sin disimulo.
-¡Me cago en las pesetas! ¡Menudo
carallán de niño! ¿Habría visto Cocodrilo Dundee? –me dije, pero no le
pregunté nada.
Más tarde, le hice prometer que no volvería a hacer algo parecido. Ningún
otro comentario sobre esa desconocida habilidad para el sometimiento perruno.
Él se veía caralludamente, con una
sonrisa guasona que solo se apreciaba
en sus ojos, mientras movía la cabeza en aprobación a mi propuesta. Yo, en
cambio, me sentí coma un conainas
(gallina y cobarde), intentando reprimir algo que, en el fondo, admiraba...
Menos mal que a la bicicleta no le había pasado nada.
Seguimos el camino y pronto divisamos Villatuerta.
Recorrimos la zona histórica: por la calle Nueva,
la enorme iglesia gótica de la Anunciación. Continuamos sin parar hacia Estella, dejando a mano izquierda la
ermita de S. Miguel.
Entramos en Estella por la calle Curtidores, y salimos por S. Nicolás,
camino de Logroño, con ganas de llegar a Ayegui. De su albergue me había
hablado muy bien un colega que lo conocía.
Por lo que íbamos viendo, recordé las primeras palabras que aparecen en el
tomo correspondiente De la gran obra de
los Caminos de Santiago al referirse a Estella
“Estella se hizo para y por el Camino de
Santiago”.
Llegamos después de recorrer dos kilómetros a Ayegui; Estella quedaría
para el día siguiente aunque tendríamos que desandar lo andado. Preguntando
encontramos el Albergue de San Cipriano,
albergue municipal. Como me había comentado mi amigo nos trataron muy bien y
pudimos descansar y, sobre todo, cambiarnos de ropa después de la apreciada
ducha en amor y compañía.
Cenamos con parte de la comida que nos había dado Amparo: embutidos y queso
y de postre un melindre. Invitamos al hospedero y a una pareja de peregrinos
franceses con los que conformábamos los únicos ocupantes del albergue. Comieron
un trozo de queso y bebieron vino de la bota; buen vino, por cierto. La pareja
reían al beber, bueno es un decir, ya que echaban más por fuera que por dentro
de la boca:
-Éstos son dos pardillos, como
dice mi madre -comentó Mikel por lo bajo, acercando su boca a mi oído.
Recogimos y nos fuimos a dormir. Ayudé con la ropa al niño y antes de que
hubiera ordenado las cosas ya estaba dormido:
-¡Pobre!, hoy nos hemos dado una buena paliza.
Le miré mientras me rascaba un poco
la rodilla dolorida, demo de neno!
Agarré la bota de vino y, al tiempo, aproveché para gozar de una señorita en las afueras del albergue
(nunca fumaba en presencia del niño). Pensé en lo andado y en lo que nos
quedaba por andar; y, entre calada y calada, gozaba del momento, de la suerte
de poder hacer lo que estábamos haciendo.
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