luns, 2 de febreiro de 2015

XII. Medo



Can doente, espanta á xente

Refrán popular


-Mira, ese es el río Salado. De él habla el Códice Calixtino.

Saqué el libro de la cartera de la bici y leí:

Ten coidado que non beban del a túa boca nin o teu cabalo, porque é un río mortífero. Cando iamos camiño de Santiago, atopamos sentados na súa ribeira dous navarros afiando as súas navallas para esfolar, segundo o seu costume, as bestas dos peregrinos que bebían daquela auga e morrían. Ás nosas preguntas contestaron mentindo que era auga sa para beber. Por iso demos de beber aos nosos cabalos, dos que morreron dous no intre, e alí mesmo de seguido os esfolaron.

-Las aguas son ricas en sales, pero no matan.

-Bien, ahora para no engañarme, me tienes que decir el sonido de estas letras que te voy a escribir en la pizarra.

Le escribí el alfabeto, mejor dicho, las consonantes: b, d, l, m, n, p, r, s, t, suenan como las nuestras. La c  con  a, o, u, suena igual que con e, i. La ch suena como la j. La v suena coma nuestra f. La h suena aspirada. La ll como la l. La ñ no existe. La x tiene sonido de ks. Y la z tiene sonido s. La j suena como la y griega, ja suena como ya.

Continuamos tirando de la bicicleta hasta Lorca. Vimos en el horizonte el monte Montejurra, famoso históricamente por las luchas de carlistas y liberales y recientemente por los sucesos acaecidos en la época de la Transición. De esto último, por supuesto, no comenté nada con Mikel porque ni le interesaba, ni lo necesitaba, en ese momento.

Montamos en la bici y, rodamos cuesta abajo, abrimos los brazos y gritamos las vocales como dos locos felices y alegres… Pero… no nos percatamos de una piedra en el camino y zas!, terminamos en el suelo, yo con el pantalón roto y una herida en la rodilla y Mikel, hábil como un pájaro, de pie riéndose de mí.
Mi cara era todo un poema. Me puse serio. Y mirándole, pensé- Tiene razón.
Me reí de mi situación y también contagiado por su disfrute escandaloso. En ese momento advertí un extraño ruido, me volví y… ¡¡¡carallo!!!... vi las fauces de dos enormes pastores alemanes corriendo hacia nosotros. Y sin mirar al niño trepé rápidamente a una tapia. Amedrentado, pálido… miré a Mikel horrorizado y me dio un brinco el corazón cuando le vi recoger del suelo una vara y dirigirse despacio hacia los canes y decirles en un tono misterioso:

-¡Rusting! ¡Rusting! ¡Rusting!

Y con aquella palabra, repetida, desconocida para mí, hizo que los perros, tan solo después de un pase se detuvieran, sino que con el rabo entre las piernas diesen muestras de sumisión total al chaval… ¡¡¡Increíble!!!
Y yo, corroído por mi actitud me sentí pusilánime, timorato, apocado; en fin, gallina, cobarde, cagueta… Miré al niño, que lleno de orgullosa osadía, iba andando hacia atrás mirando a los animales. Entonces se dio la vuelta, me miró, me observó un segundo, como un torero después de un pase de pecho y sin más, tirando de la bici y sin mirar atrás, lo seguí hasta que después de cierto tiempo le hice un gesto y él me entendió perfectamente.
Nos sentamos en unas piedras, en silencio. Me sequé el sudor sin disimulo.

-¡Me cago en las pesetas! ¡Menudo carallán de niño! ¿Habría visto Cocodrilo Dundee? –me dije, pero no le pregunté nada.

Más tarde, le hice prometer que no volvería a hacer algo parecido. Ningún otro comentario sobre esa desconocida habilidad para el sometimiento perruno. Él se veía caralludamente, con una sonrisa guasona que solo se apreciaba en sus ojos, mientras movía la cabeza en aprobación a mi propuesta. Yo, en cambio, me sentí coma un conainas (gallina y cobarde), intentando reprimir algo que, en el fondo, admiraba...
Menos mal que a la bicicleta no le había pasado nada.
Seguimos el camino y pronto divisamos Villatuerta. Recorrimos la zona histórica: por la calle Nueva, la enorme iglesia gótica de la Anunciación. Continuamos sin parar hacia Estella, dejando a mano izquierda la ermita de S. Miguel.
Entramos en Estella por la calle Curtidores, y salimos por S. Nicolás, camino de Logroño, con ganas de llegar a Ayegui. De su albergue me había hablado muy bien un colega que lo conocía.
Por lo que íbamos viendo, recordé las primeras palabras que aparecen en el tomo correspondiente De la gran obra de los Caminos de Santiago al referirse a EstellaEstella se hizo para y por el Camino de Santiago”.
Llegamos después de recorrer dos kilómetros a Ayegui; Estella quedaría para el día siguiente aunque tendríamos que desandar lo andado. Preguntando encontramos el Albergue de San Cipriano, albergue municipal. Como me había comentado mi amigo nos trataron muy bien y pudimos descansar y, sobre todo, cambiarnos de ropa después de la apreciada ducha en amor y compañía.
Cenamos con parte de la comida que nos había dado Amparo: embutidos y queso y de postre un melindre. Invitamos al hospedero y a una pareja de peregrinos franceses con los que conformábamos los únicos ocupantes del albergue. Comieron un trozo de queso y bebieron vino de la bota; buen vino, por cierto. La pareja reían al beber, bueno es un decir, ya que echaban más por fuera que por dentro de la boca:

-Éstos son dos pardillos, como dice mi madre -comentó Mikel por lo bajo, acercando su boca a mi oído.
Recogimos y nos fuimos a dormir. Ayudé con la ropa al niño y antes de que hubiera ordenado las cosas ya estaba dormido:

-¡Pobre!, hoy nos hemos dado una buena paliza.

Le miré  mientras me rascaba un poco la rodilla dolorida, demo de neno!

Agarré la bota de vino y, al tiempo, aproveché para gozar de una señorita en las afueras del albergue (nunca fumaba en presencia del niño). Pensé en lo andado y en lo que nos quedaba por andar; y, entre calada y calada, gozaba del momento, de la suerte de poder hacer lo que estábamos haciendo.

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