martes, 10 de marzo de 2015

XV. Lázaro

  

…coa esperanza por bandeira
que algún día a razón, ha lucir como debera.

B.Iglesias (Mero)


Llegamos a un lugar en el que tuvimos que tomar una opción pues había dos posibles caminos. Continuamos por el más tradicional que se iba a juntar en Los Arcos, según mis anotaciones, zona bastante alterada por el urbanismo y las vías de comunicación, con alguna que otra tierra de labor y un buen número de carpazas (Erica).


-Mira Mikel, estas son las carpazas (en galego tamén carqueixa) de las que hablaba maravillas Fray Martín Sarmiento, fraile gallego estudioso de las plantas, entre otras muchas cosas. Decía que era un arbusto erecto muy ramificado y con flores amarillas (en esta época no podemos verlas); las hojas están estiradas a lo largo del tallo como puedes ver.

A partir de Arqueza subimos, entre viñedos, hasta Villamor de S. Monjardín. En la cima se apreciaban los restos de un antiguo castillo. Vimos de paso una iglesia románica con torre barroca; una pena que a esta hora no pudiera, ni debiera, degustar el buen vino de la zona, digo bueno y abundante por la cantidad de viñedos. Continuamos bajando hasta toparnos con una fuente que nos sirvió de descanso temporal (el tiempo que nos llevó bajar de la bici y beber).

-Como tenemos unas pistas asfaltadas, cómodas para la bici, hasta llegar a Los Arcos, vamos a aprender algunos sonidos (fonemas) que no suenan igual en holandés, por ejemplo ch (se lo escribí en la pizarra). ¿Te acuerdas del cuento del tren? ¿Qué sonido tenía? ¿Qué hacías con los codos y con las manos?: Cha, cha, cha… Así sería con la a. Ahora haz lo mismo con la e: cheeee. Escríbelo. Y haz lo mismo co la u, o, i. Bien, ahora piensa en una palabra como cha pa chapa. Muy bien.  Recuérdame, cuando lleguemos a Los Arcos, que juguemos a las chapas.

Pedal más pedal, fuimos llegando al pueblo.
Entramos en Los Arcos, de origen romano, por el lugar de San Vicente hacia la plaza Mayor. Allí descansamos -aparcando la bici al pie de un árbol-  y tomamos asiento en un banco; gozamos del legado histórico, todo él unido a la peregrinación a Santiago.
Aún nos quedaban restos de embutidos de la querida Amparo. Pensé que los acabaríamos; nos quedaba sobre todo queso.

-¿Qué quieres beber, Mikel?
-Un zumo de piña.
-Espera aquí, voy a ese bar a comprarlo.

Cuando volví Mikel ya se había enrollado con un colega.

-¿De dónde sois? -preguntó el niño.
- Depende… (contestación propia de gallegos, o eso dicen). Es una broma, yo soy de Lugo –le dije- y éste de Lugo y de Gorinchen (Holanda); allí vive.

No preguntó qué hacíamos por allí, pues dio por supuesto que éramos peregrinos.

-Mira, abuelo, este niño se llama Lázaro. Me dijo que era del Barça, como Brais y como yo.
-Mejor, que así no discutís. ¿Quieres tomar algo con nosotros, Lázaro? ¿Qué os apetece beber?- le pregunté.
-Zumo de melocotón -contestó Lázaro.
-Yo, una Coca Cola sin cafeína, aprovechando que no está mamá.
-Bien. Voy  a buscarlo.

Es curioso cómo se entienden dos niños hablando idiomas diferentes. Hablaron de Messi y de las habilidades de cada uno con el balón, de los equipos en los que jugaban. Mikel le contó que él estaba en un cromo, también su equipo, que los regalaban en el supermercado según la cantidad, o mejor, el gasto que hicieras, y de esa manera ibas completando el álbum con los niños, ah! y con las niñas; que, por cierto, el Messi de su equipo era una niña.

Al terminar de comer y beber les propuse jugar con las chapas de los zumos; ellos nunca habían hecho tal cosa. Les dibujé una serpiente en el suelo de tierra y les expliqué que teníamos que ir dándole a la chapa con el dedo furabolos y el matapiollos (índice y pulgar) , juntando los dos y soltándolos rápido para impulsar las chapas desde la cola hasta llegar a la cabeza; si te salías de las líneas del dibujo tenías que volver a la cola de la serpiente. Salimos todos, pero al final ganó Lázaro. Yo me alegré porque Mikel tiene muy mal perder y no se atrevió a montar ningún numerito,  ya que tenía que demostrar que es todo un hombre. Se aplicaron bien, y dieron saltos y aplaudieron cuando ganaron.

-Vamos a dar una vuelta por la villa, si quieres puedes venir con nosotros –le dije a Lázaro.
-Tengo que pedirle permiso a mi madre. Siempre me dice que no hable con desconocidos.
-Es un  buen consejo.
-Vivo en esa casa. Le voy a decir que me  deje ir con vosotros hasta la calle Mayor.

Nos quedamos esperando, mientras seguimos con la vista a Lázaro.
Se abrió una puerta y apareció una mujer rubia, de unos cuarenta años, con unos ojos grandes y verdes como los de Lázaro. Nos miró durante un rato, como estudiándonos, toda seria; hablaron los dos, nos sonrió la madre, el niño dio la vuelta y vino hacia nosotros dando saltos. La saludamos con la mano y nos dirigimos a la plaza Mayor. Llegamos a la iglesia de Santa María, que tiene unos elementos en su arquitectura propios del siglo XII y otros que llegan hasta el XVIII. La portada plateresca nos llevó al interior, con retablo pétreo y un coro de sillería majestuosa. La torre, que luego veríamos de lejos, al salir del pueblo y mirar hacia atrás: planta cuadrada rematada con un piso octogonal y con linterna, toda adornada con un balcón donde se encuentran cuatro columnas de las que parten arcos arbotantes que parecen sostener el último tramo de la torre.
De camino fuimos viendo palacetes que hacen pensar en la importancia de la villa en la época medieval y en los siglos renacentistas.
Nos despedimos de Lázaro, le pedimos la dirección para mandarle las fotos que nos hicimos en ese tiempo tan agradable en su compañía y con la promesa de mandarle los cromos repetidos del equipo de Mikel.

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