Nós
pobres pingas de orballo.
Antonio
V.Terra
Por delante de nosotros iba
andando una pareja de peregrinos, de una edad difícil de precisar, alrededor de
los cincuenta, con botas de muchos andares. Parecían extranjeros, van en
silencio y con paso pausado, sin prisa, quien sabe en lo que irían
pensando…
-Mira, pocos peregrinos vimos a
pie –le dije al niño-, pero todos llevaban bordón: bastón o cayado de altura
superior a una persona. Sirve para apoyarse y evitar que hinchen las manos,
para medir, para apoyo al cruzar arroyos, de defensa, especialmente contra los
perros (en algunos lugares los perros fieros hasta hicieron desviar el Camino),
para defensa personal, hasta para jugar etc.
-Vi una película de Robin Hood
–dice Mikel-en la que un fraile, amigo del protagonista, por cierto muy gordo,
manejaba el cayado muy bien cuando peleaba contra los soldados del rey. También
le gustaba el vino como a ti.
-Ya estamos…me cago na cona…(Esto último solo lo pensé).
Ya llegamos a Azofra, villa
agrícola con pasado jacobeo. Contaba con hospital y cementerio para peregrinos
en el siglo XII. Terminada la pista asfaltada, pronto atravesamos la calle Mayor, compramos de comer y un refresco
para Mikel. Seguimos caminando hacia la fuente de los Romeros, después continuamos por pistas. Vemos, más adelante, una
picota, especie de columna de piedra donde exponían las cabezas de los reos.
-Los ataban a esa columna –le conté
esta macabra costumbre a Mikel- e incluso exhibían las cabezas de los reos. Ya
aparece reflejado en El Libro de las Partidas de Alfonso X en el siglo XIII,
pero proliferaron en los siglos XVI y XVII. Las Cortes de Cádiz obligaron a derribarlas, pero el ínclito
Fernando VII de triste recuerdo,(imaginaba la pregunta: proliferaron, ínclito y ¿por qué? triste recuerdo) volvió a permitirlas demostrando la bajeza de
determinadas autoridades: civiles y religiosas. Muchas desaparecieron y otras
se transformaron en cruceiros..
-Muy brutos eran estos hombres
–dijo Mikel. A propósito por qué…
-Ahora también se hacen cafradas, muchas veces en nombre de la
ley. La verdad es que el hombre es el animal más fiero para el hombre. Qué te
parece si hablamos de leer las vocales seguidas de consonantes. Sabiendo lo que
ya sabes es muy sencillo. No pongas esa cara. Palabra de abuelo.
-Ya, ya…
-Son las vocales seguidas de n, s,
r, l. Solo tienes que
pronunciar la vocal y después la consonante: aaaaa…nnnn, aann, an. Escríbelas
en la pizarra… Muy bien. Haz lo mismo con la o, e, i, u. Comienza.
-Esto es más sencillo de lo que
pensaba.
-Bien seguimos con las otras. Es
sencillo porque ya sabes estos sonidos representados por estas letras.
Los campos de pan fueron
sustituyendo a los viñedos, la monotonía es buena compañía para el trabajo de
Mikel, que terminó escribiendo y después dibujando palabras con estas sílabas.
Buscamos y encontramos antes de Cirueña un merendero en el que paramos para tomar el refrigerio que
llevábamos en la bolsa: dos bocatas,
uno con jamón cocido y queso para el niño y otro de jamón del país para mí,
regados con un refresco y unos grolos
de buen vino a buena temperatura. Teníamos un tiempo estupendo para el camino,
ni frío, ni calor.
-Llamamos a tus padres? Vamos a
ver si aquí tenemos cobertura… Marcamos, escuchamos, hablamos: sí, sí, estamos
bien –le digo a mi hija que es la que me contesta. Vamos camino de Santo
Domingo, Mikel va comiendo el bocata
de las doce, aunque que son las once. Todo marcha –nunca mejor dicho- bien no
te preocupes. Si, si, lo está pasando bien, ahora hablas con él. Qué tal Brais?
Si, dile que el próximo año viene con nosotros. Ya sabes que, aunque no lo
creas, soy un tipo formal, sobre todo yendo con tu hijo. Dile a Jeroen que
jugamos al futbolín y yo tuve que ir con el Madrid porque su hijo quería ir con
el Barcelona (aunque las camisetas eran repintadas de los atléticos, o del
Lugo) y me ganó, sin ayuda. Te paso a tu hijo.
-¡Hola mamá! Lo estoy pasando muy
bien con el toleirán del abuelo. Sí,
yo un poquito. No suelta la bota ni para mear…, es broma, ya sabes que solo
bebe vino con las comidas, no hay
peligro, además aquí estoy yo para cuidarlo. Hoy vimos una columna donde ataban
a los presos. El paisaje está cambiando, pero sigue siendo muy bonito. Le voy a
pedir que me cuente un cuento. Adios. Un bico. Que sí, que me voy a portar
bien. Dale un beso a Brais y otro a papá.
Después de colgar, me miró y me
dice:
-Tu hija piensa de nosotros que
somos dos locos. Me pide a mí que cuide de ti. ¡Lo que hay que ver…!
-Ya, pero a mí me dijo que
cuidara de ti. Todas las madres son iguales…
Ahora que veo
aquel niño –señalo con la mano hacia la lejanía-, tirando del burro enganchado
al carro, me acuerdo de un cuento:
“Esto era un niño coma tú, llamado Marcos. Tenía dos hermanos de más
edad, que el padre le entregó a unos familiares. Al morir su madre, el padre se
volvió a casar y su madrasta no lo quería y le pegaba todos los días… (Mikel
pone cara de no entender). Sí, sí, hay niños muy desgraciados. Un día llegó a
su casa un hombre rico y le compró el niño. Lo necesitaba para que ayudase a un
viejo cabrero. Al principio vivía bien en la cueva, pues la cueva tenía las mismas comodidades que la
casa que había dejado, con la diferencia que el cabrero lo trataba bien. No les
faltaba de comer porque el viejo era un experto cazando y pescando. Cazaba con
la ayuda de un hurón que introducía en las cuevas de los conejos. Un día el
cabrero desapareció sin dejar señal de vida. El niño, que era como tú, se quedó
solo. Intentó cazar como hacía el viejo, pero era un desastre, no conseguía
nada. Pasaba mucha hambre. Hasta que aparecieron los lobos con lobeznos. El
niño con mucho miedo y con el cuchillo preparado… ¡meu ben! ¿Qué podía hacer
él…? pues aprovechar el sobrante de la comida que traían os lobos para
alimentar a sus hijos. Iba al lugar dónde cazaban los lobos y participaba del
festín. Se hizo muy amigo de ellos, al tiempo que iba mejorando con el uso de
los cepos y con la caza con hurón,
también con la pesca y con el conocimiento de las diferentes plantas que le
valían tanto para comer como de medicina. La ropa que trajera puesta se fue
rompiendo y no tuvo más remedio que vestirse con las pieles de los animales:
cabras y ovejas (curtiéndolas al sol y cosiéndolas con las tripas secas. Llegó
un momento que ya podía alimentar a los otros animales: lobeznos, crías de zorros,
crías de águilas… Los lobos jugaban con él, lo lamían, lo consideraban de la
familia. Dormía con los raposos entre las piernas…Como Tarzán en versión pobre,
su Chita eran los animales del contorno. Aprendió a llamarlos, cada uno de una
manera diferente, todos acudían cuando
lo precisaba. Era tan feliz con ellos que escapaba de los humanos, que no lo
trataran muy bien. Pero todo tiene un final. Para él un final desgraciado.
Un día, alguien, que caminaba por la Sierra Morena, topó con él, y, en
lugar de dejarlo en paz, se le ocurrió
denunciarlo a la guardia civil, pensando que sería la salvación para aquel mozo
de diecinueve años. Lo buscaron y lo prendieron, como si fuera un delincuente.
Posteriormente lo atendieron curas y monjas. ¿Lo salvaron? Lo prepararon para
recibir la primera comunión, faltaría más; cuando ya pensaron que estaba
educado lo soltaron en la calle.
Aquello sí que era la selva. Le asaltaron por la calle. Lo engañaron… Se
aprovecharon de él…
Volvió para Andalucía, aburrido y deprimido, en concreto para
Fuengirola; cerca de donde estuviéramos la abuela, tu madre, Brais, tú y yo en
la playa el año pasado, ¿te acuerdas?
El caso es que malvivía, contando su vida, que nadie creía. Un hombre
de sesenta y cinco años no podía ser protagonista de lo que decía; eso no podía
haber pasado ayer, eso tenía ocurrido siglos atrás.
De todas las maneras algún dinero iba consiguiendo. Poco necesitaba.
Vivía en un solar entre cartones…
Hasta que se encontró con Manuel, un jubilado gallego que iba a visitar a su hijo, que gestionaba un
restaurante y vivía en Fuengirola. Creyó lo que contaba Marcos, y, como se
había quedado viudo, le ofreció acompañarle a Galicia y resarcir, de esa
manera, la injusticia que con él había cometido la sociedad: concejo,
autonomía, Estado…
Ahora es feliz viviendo con Manuel en una aldea de Ourense; solo echa
en falta el sol del sur.
No hace mucho tiempo se estrenó una película basada en su vida, por eso
conozco esta historia.
-Sí, Mikel, si, no es un cuento
es la realidad. Marcos tiene la edad de tu abuela.
La realidad supera a la ficción
(vuelve a poner la cara de no entender
un carallo “nada”). Quiero decir, que
lo que pasa todos los días, a veces, parece un relato fantástico y en este caso
es una vida muy triste, con dos momentos felices, como son, su etapa de
relación con los animales salvajes y su vejez en Ourense.
Qué bien estaría Marcos, después
de que lo descubriera el mundo civilizado,
ayudando al estudio y al cuidado de los animales en Sierra Morena. Autoridades,
profesores, antropólogos, biólogos, ecologistas, naturistas etc. No imaginaron
que Marcos tenía que volver al monte, entre otras cosas, por el bien de la
Ciencia. Sabía más de ese mundo que todos eses estudiosos.
Recuérdalo y cuando llegues a
Gorinchem cuéntaselo a tus padres y a Brais. Les va a gustar.
-Me hiciste llorar, abuelo.
-Ya me di cuenta. Cuando uno oye
cosas como estas piensa que haría si le tocase a él. Yo no creo que
sobreviviese.
-Eso mismo he pensado yo. ¡Qué
fuerte fue!. Y tampoco olvidaré a nuestro paisano de Ourense, Manuel.
-Hay un escritor llamado Haruki
Murakami que dice que: “las cosas más importantes no se pueden aprender
en la escuela”(del libro “De que hablo cuando hablo de correr”). Y diré más,
Marcos, recordando al abuelo de Saramago, es un hombre sabio, aunque fuese
analfabeto). Sabe de cosas de las que nadie sabe.
Le di un beso a Mikel al verlo
tan afectado y pensé, para mí, si no
habría sido bruto de más. De todas las maneras, es una historia triste pero
provechosa y ejemplar.
-Bien, ya hemos hablado bastante,
Mikel. Decíamos cuando yo era coma tú “Ala,
rapaz! Aperta o cu e dálle ao pedal”. Ya llevamos perdido algo de tiempo.
-Nosotros, no perdemos el tiempo,
abuelo.
-Tienes razón, meu neno. ¿Qué prisa tenemos?
Recogimos, dejamos los restos en
la papelera y emprendimos el viaje hacia Cirueña, afectado por la agresión
urbanística. Llegamos al pueblo y lo bordeamos
por el Barrio Bajero, hasta divisar la torre de la catedral de Santo
Domingo camino de la calle Mayor.
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