luns, 27 de abril de 2015

XIX. Lobos e Raposos



Nós pobres pingas de orballo.

Antonio V.Terra


Por delante de nosotros iba andando una pareja de peregrinos, de una edad difícil de precisar, alrededor de los cincuenta, con botas de muchos andares. Parecían extranjeros, van en silencio y con paso pausado, sin prisa, quien sabe en lo que irían pensando… 


-Mira, pocos peregrinos vimos a pie –le dije al niño-, pero todos llevaban bordón: bastón o cayado de altura superior a una persona. Sirve para apoyarse y evitar que hinchen las manos, para medir, para apoyo al cruzar arroyos, de defensa, especialmente contra los perros (en algunos lugares los perros fieros hasta hicieron desviar el Camino), para defensa personal, hasta para jugar etc.

-Vi una película de Robin Hood –dice Mikel-en la que un fraile, amigo del protagonista, por cierto muy gordo, manejaba el cayado muy bien cuando peleaba contra los soldados del rey. También le gustaba el vino como a ti.

-Ya estamos…me cago na cona…(Esto último solo lo pensé).

Ya llegamos a Azofra, villa agrícola con pasado jacobeo. Contaba con hospital y cementerio para peregrinos en el siglo XII. Terminada la pista asfaltada, pronto atravesamos la calle Mayor, compramos de comer y un refresco para Mikel. Seguimos caminando hacia la fuente de los Romeros, después continuamos por pistas. Vemos, más adelante, una picota, especie de columna de piedra donde exponían las cabezas de los reos.

-Los ataban a esa columna –le conté esta macabra costumbre a Mikel- e incluso exhibían las cabezas de los reos. Ya aparece reflejado en El Libro de las Partidas de Alfonso X en el siglo XIII, pero proliferaron en los siglos XVI y XVII. Las Cortes de  Cádiz obligaron a derribarlas, pero el ínclito Fernando VII de triste recuerdo,(imaginaba la pregunta: proliferaron, ínclito y ¿por qué? triste recuerdo) volvió a permitirlas demostrando la bajeza de determinadas autoridades: civiles y religiosas. Muchas desaparecieron y otras se transformaron en cruceiros..
-Muy brutos eran estos hombres –dijo Mikel. A propósito por qué…
-Ahora también se hacen cafradas, muchas veces en nombre de la ley. La verdad es que el hombre es el animal más fiero para el hombre. Qué te parece si hablamos de leer las vocales seguidas de consonantes. Sabiendo lo que ya sabes es muy sencillo. No pongas esa cara. Palabra de abuelo.
-Ya, ya…
-Son las vocales seguidas de n, s, r, l. Solo tienes que pronunciar la vocal y después la consonante: aaaaa…nnnn, aann, an. Escríbelas en la pizarra… Muy bien. Haz lo mismo con la o, e, i, u. Comienza.

-Esto es más sencillo de lo que pensaba.

-Bien seguimos con las otras. Es sencillo porque ya sabes estos sonidos representados por estas letras.

Los campos de pan fueron sustituyendo a los viñedos, la monotonía es buena compañía para el trabajo de Mikel, que terminó escribiendo y después dibujando palabras con estas sílabas. Buscamos y encontramos antes de Cirueña un merendero  en el que paramos para tomar el refrigerio que llevábamos en la bolsa: dos bocatas, uno con jamón cocido y queso para el niño y otro de jamón del país para mí, regados con un refresco y unos grolos de buen vino a buena temperatura. Teníamos un tiempo estupendo para el camino, ni frío, ni calor.

-Llamamos a tus padres? Vamos a ver si aquí tenemos cobertura… Marcamos, escuchamos, hablamos: sí, sí, estamos bien –le digo a mi hija que es la que me contesta. Vamos camino de Santo Domingo, Mikel va comiendo el bocata de las doce, aunque que son las once. Todo marcha –nunca mejor dicho- bien no te preocupes. Si, si, lo está pasando bien, ahora hablas con él. Qué tal Brais? Si, dile que el próximo año viene con nosotros. Ya sabes que, aunque no lo creas, soy un tipo formal, sobre todo yendo con tu hijo. Dile a Jeroen que jugamos al futbolín y yo tuve que ir con el Madrid porque su hijo quería ir con el Barcelona (aunque las camisetas eran repintadas de los atléticos, o del Lugo) y me ganó, sin ayuda. Te paso a tu hijo.
-¡Hola mamá! Lo estoy pasando muy bien con el toleirán del abuelo. Sí, yo un poquito. No suelta la bota ni para mear…, es broma, ya sabes que solo bebe vino  con las comidas, no hay peligro, además aquí estoy yo para cuidarlo. Hoy vimos una columna donde ataban a los presos. El paisaje está cambiando, pero sigue siendo muy bonito. Le voy a pedir que me cuente un cuento. Adios. Un bico. Que sí, que me voy a portar bien. Dale un beso a Brais y otro a papá.

Después de colgar, me miró y me dice:

-Tu hija piensa de nosotros que somos dos locos. Me pide a mí que cuide de ti. ¡Lo que hay que ver…!
-Ya, pero a mí me dijo que cuidara de ti. Todas las madres son iguales…
Ahora que veo aquel niño –señalo con la mano hacia la lejanía-, tirando del burro enganchado al carro, me acuerdo de un cuento:

“Esto era un niño coma tú, llamado Marcos. Tenía dos hermanos de más edad, que el padre le entregó a unos familiares. Al morir su madre, el padre se volvió a casar y su madrasta no lo quería y le pegaba todos los días… (Mikel pone cara de no entender). Sí, sí, hay niños muy desgraciados. Un día llegó a su casa un hombre rico y le compró el niño. Lo necesitaba para que ayudase a un viejo cabrero. Al principio vivía bien en la cueva, pues  la cueva tenía las mismas comodidades que la casa que había dejado, con la diferencia que el cabrero lo trataba bien. No les faltaba de comer porque el viejo era un experto cazando y pescando. Cazaba con la ayuda de un hurón que introducía en las cuevas de los conejos. Un día el cabrero desapareció sin dejar señal de vida. El niño, que era como tú, se quedó solo. Intentó cazar como hacía el viejo, pero era un desastre, no conseguía nada. Pasaba mucha hambre. Hasta que aparecieron los lobos con lobeznos. El niño con mucho miedo y con el cuchillo preparado… ¡meu ben! ¿Qué podía hacer él…? pues aprovechar el sobrante de la comida que traían os lobos para alimentar a sus hijos. Iba al lugar dónde cazaban los lobos y participaba del festín. Se hizo muy amigo de ellos, al tiempo que iba mejorando con el uso de los  cepos y con la caza con hurón, también con la pesca y con el conocimiento de las diferentes plantas que le valían tanto para comer como de medicina. La ropa que trajera puesta se fue rompiendo y no tuvo más remedio que vestirse con las pieles de los animales: cabras y ovejas (curtiéndolas al sol y cosiéndolas con las tripas secas. Llegó un momento que ya podía alimentar a los otros animales: lobeznos, crías de zorros, crías de águilas… Los lobos jugaban con él, lo lamían, lo consideraban de la familia. Dormía con los raposos entre las piernas…Como Tarzán en versión pobre, su Chita eran los animales del contorno. Aprendió a llamarlos, cada uno de una manera  diferente, todos acudían cuando lo precisaba. Era tan feliz con ellos que escapaba de los humanos, que no lo trataran muy bien. Pero todo tiene un final. Para él un final desgraciado.
Un día, alguien, que caminaba por la Sierra Morena, topó con él, y, en lugar de dejarlo en paz, se le  ocurrió denunciarlo a la guardia civil, pensando que sería la salvación para aquel mozo de diecinueve años. Lo buscaron y lo prendieron, como si fuera un delincuente. Posteriormente lo atendieron curas y monjas. ¿Lo salvaron? Lo prepararon para recibir la primera comunión, faltaría más; cuando ya pensaron que estaba educado lo soltaron en la calle.
Aquello sí que era la selva. Le asaltaron por la calle. Lo engañaron… Se aprovecharon de él…
Volvió para Andalucía, aburrido y deprimido, en concreto para Fuengirola; cerca de donde estuviéramos la abuela, tu madre, Brais, tú y yo en la playa el año pasado, ¿te acuerdas?
El caso es que malvivía, contando su vida, que nadie creía. Un hombre de sesenta y cinco años no podía ser protagonista de lo que decía; eso no podía haber pasado ayer, eso tenía ocurrido siglos atrás.
De todas las maneras algún dinero iba consiguiendo. Poco necesitaba. Vivía en un solar entre cartones…
Hasta que se encontró con Manuel, un jubilado gallego que iba a  visitar a su hijo, que gestionaba un restaurante y vivía en Fuengirola. Creyó lo que contaba Marcos, y, como se había quedado viudo, le ofreció acompañarle a Galicia y resarcir, de esa manera, la injusticia que con él había cometido la sociedad: concejo, autonomía, Estado…
Ahora es feliz viviendo con Manuel en una aldea de Ourense; solo echa en falta el sol del sur.
No hace mucho tiempo se estrenó una película basada en su vida, por eso conozco esta historia.

-Sí, Mikel, si, no es un cuento es la realidad. Marcos tiene la edad de tu abuela.
La realidad supera a la ficción (vuelve a poner  la cara de no entender un carallo “nada”). Quiero decir, que lo que pasa todos los días, a veces, parece un relato fantástico y en este caso es una vida muy triste, con dos momentos felices, como son, su etapa de relación con los animales salvajes y su vejez en Ourense.
Qué bien estaría Marcos, después de que lo descubriera el mundo civilizado, ayudando al estudio y al cuidado de los animales en Sierra Morena. Autoridades, profesores, antropólogos, biólogos, ecologistas, naturistas etc. No imaginaron que Marcos tenía que volver al monte, entre otras cosas, por el bien de la Ciencia. Sabía más de ese mundo que todos eses estudiosos.
Recuérdalo y cuando llegues a Gorinchem cuéntaselo a tus padres y a Brais. Les va a gustar.
-Me hiciste llorar, abuelo.
-Ya me di cuenta. Cuando uno oye cosas como estas piensa que haría si le tocase a él. Yo no creo que sobreviviese.
-Eso mismo he pensado yo. ¡Qué fuerte fue!. Y tampoco olvidaré a nuestro paisano de Ourense, Manuel.
-Hay un escritor llamado Haruki Murakami que dice que: “las cosas más importantes no se pueden aprender en la escuela(del libro “De que hablo cuando hablo de correr”). Y diré más, Marcos, recordando al abuelo de Saramago, es un hombre sabio, aunque fuese analfabeto). Sabe de cosas de las que nadie sabe.

Le di un beso a Mikel al verlo tan afectado y  pensé, para mí, si no habría sido bruto de más. De todas las maneras, es una historia triste pero provechosa y ejemplar.

-Bien, ya hemos hablado bastante, Mikel. Decíamos cuando yo era coma tú “Ala, rapaz! Aperta o cu e dálle ao pedal”. Ya llevamos perdido algo de tiempo.
-Nosotros, no perdemos el tiempo, abuelo.
-Tienes razón, meu neno. ¿Qué prisa tenemos?


Recogimos, dejamos los restos en la papelera y emprendimos el viaje hacia Cirueña, afectado por la agresión urbanística. Llegamos al pueblo y lo bordeamos  por el Barrio Bajero, hasta divisar la torre de la catedral de Santo Domingo camino de la calle Mayor.

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