Non resistimos,
esvaramos polas
corredoiras da ignorancia,
pretendemos un corifeo
os dous
Rosa Enríquez
Saqué la navaja. Corté
pan. Abrí la lata de sardinas. Lavé los tomates y los partí por la mitad.
Comimos las sardinas con tomate, una loncha de jamón y otra de queso. Por
mi parte lo regué todo con unos tragos de vino y Mikel hizo lo mismo, pero con
zumo.
-No sé cómo vamos a
comer los melocotones.
-Los dejamos en el bote
y los pillamos (argot aprendido de su tía Olaia) con la navaja.
Después de comer dejamos
los botes con la abertura para abajo para que se vaciase el líquido
azucarado. Entonces le dije a Mikel:
-Vamos a cantar “A saia
da Carolina”.
Era una de las canciones
que había aprendido con su madre. Cantamos. Un nuevo repaso a la bota de vino y
nos pusimos en pie para continuar el Camino.
-Oye, abuelo. Muchas
vueltas le di a la adivinanza y no consigo resolverla.
Me acerqué a su oído y
le resolví su problema.
-Vaya, cacho
carallada (tontería). No me extraña no dar con la solución. No creo que
Brais, Sabina y Iago acierten.
Recogimos y nos echamos
a andar. También guardé las latas vacías: por no dejarlas en el monte y
porque pensaba hacer unha pequeña canallada.
Sentíamos el silencio y
el paisaje de un robledal, cuando, de repente, nos paramos al oír un ruido:
unha especie de gruñido. Dejamos la bici arrimada a un árbol y, despacio, en
silencio y pisando con cuidado, nos fuimos acercando… (Mikel con cara de miedo,
agarrado a mí); detrás de unos robles vimos cinco jabalíes. ¡Qué maravilla!:
uno viejo, otros de unos dos años y tres de unos diez meses –hace tres meses
habrían sido raións.
¡Cuál fue nuestra
sorpresa cuando vimos más allá, a la derecha, detrás de un árbol, apostados dos
cazadores colocando sus respectivas escopetas sin percatarse de nuestra
presencia!
-¡Espera aquí, detrás de
este árbol! –le dije a Mikel, como si fuera una orden militar.
Me miró con recelo y,
con un aquel de miedo, pero no dijo nada.
Salí corriendo y haciendo
mucho, mucho ruido; tanto que espanté a los jabalíes y desconcerté a los
cazadores. Sentí un disparo que se le debió de escapar a uno de ellos, sin
precisión ninguna. Menos mal que fue hacia otro lugar y en distinta dirección
de la que yo llevaba. Los jabalíes, asustados por los gritos y por el estruendo
del disparo, vinieron corriendo hacia nosotros.
-¡Tranquilo Mikel!
Apartémonos detrás de esos matorrales. Ellos no nos atacan si no nos
interponemos en su camino.
La mano del niño me
apretaba con desesperación. Lo cogí en el regazo y lo apreté fuerte contra mi
pecho. Pasaron muy cerca los jabalíes, lo bajé y de la mano nos echamos a
correr hacia la bicicleta. Detrás de nosotros veíamos bracear a los cazadores y
oíamos sus gritos que intuíamos eran insultos. Montamos en la bici y
aprovechando que el terreno era llano y, ayudados por pedaladas fuertes, fuimos
distanciándonos de nuestros amigos. Pasamos sin mirar por delante de un
monumento a los caídos y se nos pusieron los pelos de punta pensando que
los caídos podríamos haber sido nosotros. Bajamos por una especie de tobogán
hasta el río. A duras penas conseguí frenar y, por un momento, creí que
acabaríamos bañándonos sin querer. Todo ese tiempo Mikel no dijo ni una
palabra, iba pálido y muy serio.
-De verdad que estás
loco de atar, abuelo –no había ni pizca de afectividad, estaba realmente
enfadado- ¡Loquísimo!
-Lo hice sin pensar, es
verdad. Me dieron pena esos animales. Pero tienes razón, no debía haberlo
hecho, y de hacerlo pude haber gritado escondido detrás de un árbol y no a
campo a través. Lo siento. Lo siento mucho. De todas formas, no entiendo
que seas capaz de enfrentarte a un par de perros más grandes que tú y que te
cagues por la pata abajo con los jabalíes. Te pido que les cuentes nada a tus
padres de esta aventura.
-Líesel, el padre de
Tijmen, es preparador de perros de defensa y nos lleva con él cuando los educa
y también nos enseña a defendernos de ellos, demostrándoles, sobre todo, que
somos superiores a ellos. Yo a los jabalíes no los había visto en mi vida, y,
menos, tan de cerca, y lo que me dio miedo, sobre todo, fueron los colmillos
salientes.
-Pues de los canes no me
dijiste nada, lo hiciste por fardar y por verme sudar de miedo. Estás
resultando ser más pillo que Brais…Pero, ¿a que te gustaron los jabalíes? -le
dije con entusiasmo, pues estaba contento de haberlos visto tan cerca de
nosotros.- El más viejo debía de tener unos cinco años, se sabe por los
caninos, que tenían entre doce y quince cm., aunque visibles son solo unos seis
cm.; a los otros no les medían ni tres cm. Y los restantes eran crías, poco
tiempo hará que han perdido las rayas de los rayones. Era una
piara pequeña. En algún caso se pueden juntar hasta cincuenta. La jefa parece
ser una vieja hembra. En este caso algo le ha ocurrido a la madre de los dos
jabalíes jóvenes. No es corriente esa distribución. También debían venir
escapando, no habían hozado mucho, ni había marcas en los árboles. Esperemos
que no se topen otra vez con cazadores. Ni con los lobos. Ni con águilas. Son
sus verdaderos enemigos, además del más cruel para ellos que es el hombre.
Tanto al lobo como al águila les gusta la carne joven, por eso intentan cazar a
los rayones o los de menor edad. La lucha contra los lobos es feroz. Se
defienden con los caninos que pueden dejar las tripas de los lobos al aire,
todo depende de la relación de fuerzas, es decir, del número de lobos y del
número de jabalíes que participen en el combate. Contra las águilas poco pueden
hacer porque escapan con el rayón colgado de sus garras volando.
Yo supe de su existencia
real cuando fui destinado, como maestro, a Beleño en el concejo de Ponga en
Asturias. Era el año sesenta y siete del siglo pasado. Allí estuve dos años;
como ves ya ha llovido desde entonces.
En aquel ayuntamiento
había dos cotos para cazar, cotos particulares; a los vecinos les dejaban cazar
una vez al año: un corzo, un rebeco y un jabalí. Participaba todo vecino que
quisiera. Yo lo hice cuando fueron al jabalí. Mi participación consistió en
hacer ruido para encauzarlos a los puestos en donde esperaban los cazadores
para abatirlos. Ya ves, como supones, hoy no habría ido de caza… Después la
pieza se llevaba a un bar del pueblo y allí lo cocinaban y los vecinos
disfrutaban de su carne y de la correspondiente fiesta.
Los jabalíes se
alimentan, fundamentalmente, de bulbos, raíces e invertebrados que consiguen
hozando en la tierra; también les gusta el maíz o el trigo por lo que destrozan
fincas enteras a su paso; setas, zanahorias, patatas, castañas y bellotas.
Se bañan en barro y se
rascan en los árboles para desparasitarse. Por eso donde pasan la noche dejan
innumerables huellas.
Ahora tú ya puedes
presumir ante tus amigos y primos de haber visto estos animales tan cerca; lo
de cagarte por la pata no lo contaremos y te volveré a pedir que tú no cuentes
lo que yo hice hoy.
-Ya veremos, ya. Espero
que no repitas una locura como ésta.
Ningún comentario:
Publicar un comentario