luns, 18 de maio de 2015

XXI. Xabaríns



Non resistimos,
esvaramos polas corredoiras da ignorancia,
pretendemos un corifeo
os dous

Rosa Enríquez


Saqué la navaja. Corté pan. Abrí la lata de sardinas. Lavé los tomates y los partí por la mitad. Comimos las sardinas con tomate, una  loncha de jamón y otra de queso. Por mi parte lo regué todo con unos tragos de vino y Mikel hizo lo mismo, pero con zumo.

-No sé cómo vamos a comer los melocotones.

-Los dejamos en el bote y los pillamos (argot aprendido de su tía Olaia) con la navaja.


Después de comer dejamos los botes con la abertura para abajo para que se vaciase el  líquido azucarado. Entonces le dije a Mikel:

-Vamos a cantar “A saia da Carolina”.

Era una de las canciones que había aprendido con su madre. Cantamos. Un nuevo repaso a la bota de vino y nos pusimos en pie para continuar el Camino.

-Oye, abuelo. Muchas vueltas le di a la adivinanza y no consigo resolverla.

Me acerqué a su oído y le resolví su problema.

-Vaya, cacho carallada (tontería). No me extraña no dar con la solución. No creo que Brais, Sabina y Iago acierten.

Recogimos y nos echamos a andar. También guardé las latas vacías: por no dejarlas en el monte y  porque pensaba hacer unha pequeña canallada.

Sentíamos el silencio y el paisaje de un robledal, cuando, de repente, nos paramos al oír un ruido: unha especie de gruñido. Dejamos la bici arrimada a un árbol y, despacio, en silencio y pisando con cuidado, nos fuimos acercando… (Mikel con cara de miedo, agarrado a mí); detrás de unos robles vimos cinco jabalíes. ¡Qué maravilla!: uno viejo, otros de unos dos años y tres de unos diez meses –hace tres meses habrían sido raións.
¡Cuál fue nuestra sorpresa cuando vimos más allá, a la derecha, detrás de un árbol, apostados dos cazadores colocando sus respectivas escopetas sin percatarse de nuestra presencia!

-¡Espera aquí, detrás de este árbol! –le dije a Mikel, como si fuera una orden militar.

Me miró con recelo y, con un aquel de miedo, pero no dijo nada.

Salí corriendo y haciendo mucho, mucho ruido; tanto que espanté a los jabalíes y desconcerté a los cazadores. Sentí un disparo que se le debió de escapar a uno de ellos, sin precisión ninguna. Menos mal que fue hacia otro lugar y en distinta dirección de la que yo llevaba. Los jabalíes, asustados por los gritos y por el estruendo del disparo, vinieron corriendo hacia nosotros.

-¡Tranquilo Mikel! Apartémonos detrás de esos matorrales. Ellos no nos atacan si no nos interponemos en su camino.

La mano del niño me apretaba con desesperación. Lo cogí en el regazo y lo apreté fuerte contra mi pecho. Pasaron muy cerca los jabalíes, lo bajé y de la mano nos echamos a correr hacia la bicicleta. Detrás de nosotros veíamos bracear a los cazadores y oíamos sus gritos que intuíamos eran insultos. Montamos en la bici y aprovechando que el terreno era llano y, ayudados por pedaladas fuertes, fuimos distanciándonos de nuestros amigos. Pasamos sin mirar por delante de un monumento a los caídos y se nos pusieron los pelos de punta pensando que los caídos podríamos haber sido nosotros. Bajamos por una especie de tobogán hasta el río. A duras penas conseguí frenar y, por un momento, creí que acabaríamos bañándonos sin querer. Todo ese tiempo Mikel no dijo ni una palabra, iba pálido y muy serio.

-De verdad que estás loco de atar, abuelo –no había ni pizca de afectividad, estaba realmente enfadado- ¡Loquísimo!

-Lo hice sin pensar, es verdad. Me dieron pena esos animales. Pero tienes razón, no debía haberlo hecho, y de hacerlo pude haber gritado escondido detrás de un árbol y no a campo a través. Lo siento. Lo siento mucho.  De todas formas, no entiendo que seas capaz de enfrentarte a un par de perros más grandes que tú y que te cagues por la pata abajo con los jabalíes. Te pido que les cuentes nada a tus padres de esta aventura.

-Líesel, el padre de Tijmen, es preparador de perros de defensa y nos lleva con él cuando los educa y también nos enseña a defendernos de ellos, demostrándoles, sobre todo, que somos superiores a ellos. Yo a los jabalíes no los había visto en mi vida, y, menos, tan de cerca, y lo que me dio miedo, sobre todo, fueron los colmillos salientes.

-Pues de los canes no me dijiste nada, lo hiciste por fardar y por verme sudar de miedo. Estás resultando ser más pillo que Brais…Pero, ¿a que te gustaron los jabalíes? -le dije con entusiasmo, pues estaba contento de haberlos visto tan cerca de nosotros.- El más viejo debía de tener unos cinco años, se sabe por los caninos, que tenían entre doce y quince cm., aunque visibles son solo unos seis cm.; a los otros no les medían ni tres cm. Y los restantes eran crías, poco tiempo hará  que han perdido las rayas de los rayones. Era una piara pequeña. En algún caso se pueden juntar hasta cincuenta. La jefa parece ser una vieja hembra. En este caso algo le ha ocurrido a la madre de los dos jabalíes jóvenes. No es corriente esa distribución. También debían venir escapando, no habían hozado mucho, ni había marcas en los árboles. Esperemos que no se topen otra vez con cazadores. Ni con los lobos. Ni con águilas. Son sus verdaderos enemigos, además del más cruel para ellos que es el hombre. Tanto al lobo como al águila les gusta la carne joven, por eso intentan cazar a los rayones o los de menor edad. La lucha contra los lobos es feroz. Se defienden con los caninos que pueden dejar las tripas de los lobos al aire, todo depende de la relación de fuerzas, es decir, del número de lobos y del número de jabalíes que participen en el combate. Contra las águilas poco pueden hacer porque escapan con el rayón colgado de sus garras volando.
Yo supe de su existencia real cuando fui destinado, como maestro, a Beleño en el concejo de Ponga en Asturias. Era el año sesenta y siete del siglo pasado. Allí estuve dos años; como ves ya ha llovido desde entonces.

En aquel ayuntamiento había dos cotos para cazar, cotos particulares; a los vecinos les dejaban cazar una vez al año: un corzo, un rebeco y un jabalí. Participaba todo vecino que quisiera. Yo lo hice cuando fueron al jabalí. Mi participación consistió en hacer ruido para encauzarlos a los puestos en donde esperaban los cazadores para abatirlos. Ya ves, como supones, hoy no habría ido de caza… Después la pieza se llevaba a un bar del pueblo y allí lo cocinaban y los vecinos disfrutaban de su carne y de la correspondiente fiesta.

Los jabalíes se alimentan, fundamentalmente, de bulbos, raíces e invertebrados que consiguen hozando en la tierra; también les gusta el maíz o el trigo por lo que destrozan fincas enteras a su paso; setas, zanahorias, patatas, castañas y bellotas.

Se bañan en barro y se rascan en los árboles para desparasitarse. Por eso donde pasan la noche dejan innumerables huellas.

Ahora tú ya puedes presumir ante tus amigos y primos de haber visto estos animales tan cerca; lo de cagarte por la pata no lo contaremos y te volveré a pedir que tú no cuentes lo que yo hice hoy.

-Ya veremos, ya. Espero que no repitas una locura como ésta.


Ningún comentario:

Publicar un comentario