Non temas.
Aínda o paxaro ten
canciós
e as estrelas se
alcenden cada noite.
Manuel María
Y nos fundimos en un abrazo: abuelos y niños, niños y abuelos.
Muchas preguntas, frases entrecortadas, sin respetar ningún turno y oyendo
todo a medias; el final fue una carcajada nerviosa y feliz.
-Nos tenéis que enseñar la Casa de
los Botines.
Hacia allí nos dirigimos. Los niños, como siempre, delante y nosotros
detrás; “habla que te hablarás”, gesticulando
y de vez en cuando dando saltos…
Lola y yo en silencio, mirando a los niños. Al cabo de un rato, después de
un cruce de calles, rompí el silencio:
-Qué tal estos meses?
-Bien, bien. Mucha tranquilidad. Trabajando con Ilia, siguiendo las
indicaciones de las profesoras, que por cierto están muy contentas con ella. Su
padre cada vez se aleja más de ella, pasamos mucho tiempo sin saber nada de él.
A veces pienso que nos considera un estorbo. A mí la niña me da la vida, me hace
salir de la rutina, me hace sentir más madre que abuela, casi le agradezco que
no la reclame…tengo ilusión y veo las cosas de otra manera… (hizo un gesto con
la mano como diciendo: seguimos) -pero en el fondo se apreciaba la tristeza del
comportamiento de su hijo para la niña y para ella-. Quiero que se forme para
ser lo menos dependiente, que pueda ser libre como el viento –sonreía-, libre
para poder escoger su opción y disfrutar con ella; en fin, lo más feliz
posible…y…que yo lo vea… Quiere hacer el Camino. Ahora nos resulta imposible,
mi hermana está a punto de dar a luz y no me perdonaría que no estuviera con ella.
¡Ah! Hoy pedimos el día libre en la escuela para poder estar con vosotros.
-Mikel me dijo que le iba a proponer a Ilia que fuese a Lugo, a Foz y a
Holanda y es muy obstinado, así que ya te puedes ir preparando. La invitación
de él también la hago mía, y yo también soy cacholán
(cabezota); nos viene de familia.
Noté que prefería cambiar de tema de conversación, como si se sintiera
incómoda.
-Ya estamos llegando a la Casa de los
Botines.
Nos paramos delante de un edificio con elementos góticos, o neogóticos, y
fantasiosos muy propios de Gaudí.
-Fue encargado a Gaudí –dijo Lola- por la sociedad “Fernández y Andrés” empresa fundada por Joan Homs i Botinas (de ahí le viene el nombre). Los gerentes tenían
relaciones comerciales con Eusebi Güel,
fue el que recomendó a Gaudí, que, en aquel entonces, estaba trabajando en el
palacio episcopal de Astorga y que podéis disfrutar cuando por allí paséis.
Firmó los planos en el año 1891 y comenzaron las obras en el año siguiente,
rematando en ese mismo año de 1892 en el mes de noviembre. Como veis, tiene
planta rectangular y estilo neogótico, fue hecho con materiales modernos, incluso
para su época, como podía ser la utilización del hierro.
Todo esto lo explicó mirándome, después ladeó la cabeza hacia los niños.
-Acordaos del nombre de Gaudí, ya que fue un eminente arquitecto y lo
comprobaréis cuando, de mayores, visitéis Barcelona, donde podréis encontrar la
mayor parte de sus obras.
¡Mikel!, neogótico, quiere decir que tiene elementos del gótico, pero utilizados
en otra época próxima, no en la Edad Media.
Quería ser didáctica y no acoquinar a los niños con detalles que iban a olvidar
fácilmente, o no, ¡quién sabe?
-Y como ya es hora de comer nos vamos hacia nuestra casa, que allí tenemos
preparada la comida que hicimos para vosotros Ilia y yo. ¿De acuerdo?
Asentimos y comenzamos a recorrer el camino conocido hacia la casa de Lola,
comentando pequeños detalles de la ciudad.
Del tiempo casi nunca comentamos nada –pensaba-. Era algo que no nos
preocupaba, ni cuando salimos de Roncesvalles, que hacía mucho frío,
aplicábamos la teoría de Sabine, que como buena noruega dice: “No hay mal tiempo, hay malas ropas”. Mas
ahora “fai un sol de carallo” (canción de Os Resentidos). Por eso agradecí a Lola
cuando dijo que podíamos tomar una cerveza en una cafetería. Los niños pidieron
zumo de piña, Lola agua y yo cerveza.
- ¡Qué buena está! Tuviste una idea caralluda
... Quiero decir una buena idea.
Los niños se fueron a jugar a la plaza.
Rematamos con las olivas y la bebida. Salimos. Lo que vi me dejó de piedra: sorprendido, más bien
pálido; aquello tenía la pinta de ser obra de la mente calenturienta de Mikel, y más aún cuando me percaté de que el
guardia que guiaba el coche era uno de los que nos había llamado la atención
cuando nos encontró cantando y pasando la gorra en el Barrio Húmedo y recordaba las amenazas. Os cuento la escena:
Mikel e Ilia sentados en el muro del
jardín sonriendo, y dos guardias en un coche oficial con una cuerda prendida en
la bola del gancho de atrás y la cuerda atada a dos latas. La gente riendo a carcajadas.
Paran el coche, rojos de ira, y, mirando para todos los lados, deciden, después
de hablar dos palabras entre ellos, desatar la cuerda, coger las latas y echar todo
en una papelera; montar en el coche y marchar sin preguntar a nadie de los allí
presentes. Nuestro conocido guardia miró para los niños…y yo le agradecí que no
los reconociese, o que no quisiera reconocerlos.
Apreté con la mano el brazo de Lola e hicimos lo mismo que el guardia,
seguimos hacia la casa sin comentar nada, sabedores de que eso era una trastada
de Mikel.
-Es mejor que marchemos pronto. La amistad de Mikel non es recomendable
para Ilia.
- ¡Calla! ¡calla! Lo que yo me pregunto es de dónde sacaría las latas. ¡Qué
granuja es! ¡Cuánto discurre!
-Ya, Ya. No dirías lo mismo si el guardia se dirigiera a nosotros.
- ¡Ah! Yo no sabía nada… Diría.
Llegamos a casa y fui directamente a revisar la bicicleta mientras Lola nos
servía un aperitivo: blanco de Rueda, mejor verdejo
de Rueda, y mosto para los niños, acompañado de una tabla de embutidos.
- ¡Nunca antes la he visto así! –dije, todo extrañado.
Nunca tan limpia la había visto y además tenía las cartucheras llenas de
chorizo, lomo embutido y queso; y la bota llena de vino. No pude reprimirme y
fui en busca de las mujeres y les di un abrazo y un sonoro beso a ambas, que,
por cierto, se pusieron coloradas como los pilotos traseros de un coche.
-No es para tanto. Mikel merece mucho más…-dijo Lola.
Nos reímos los cuatro y tomamos los aperitivos. Nos sentamos a la mesa y
degustamos bacalao al ajo arriero.
-Es un plato que aprendí a cocinar en la cuenca minera, concretamente en
Fabero, espero que os guste.
-Está muy rico –dijo Mikel.
Miré para él, no era normal que le gustasen estos platos tan elaborados.
Desconfiaba de que lo dijese con sorna, mas esta vez percibí que lo decía en
serio.
De postre, arroz con leche y para los niños helado.
El vino que tomé también era de la
Seca y estaba bueno. Cuánto cambió
este vino –pensé para mí-, recordaba aquellos garrafones de vino de Rueda que comprábamos hacía años, al
pasar por el centro del pueblo, al lado de aquella enorme iglesia, que siempre
encontrábamos cerrada, cuando íbamos de Madrid camino de Galicia; un vino duro
que solo apetecía con una buena carne de vaca. Hoy, con las nuevas técnicas y
delicadas elaboraciones, había buenos vinos en todo el Estado.
-Es hora de darles los regalos que traemos –le dije a Mikel.
Cogió de la mochila un paquetito y se lo dio a Lola y dos a Ilia. Yo, del
segundo de Ilia no tenía información.
-Podéis abrir los pequeños, este algo más grande es para que lo abras cuando
ya nos hayamos ido (dijo dirigiéndose a Ilia), es un secreto que guardaremos los
dos.
Lola me miró. Yo puse cara de póker,
pues no sabía qué demonios era.
- ¡Qué bonito!
- ¡Qué chulo!
Eran dos collares con un esmalte, uno más grande que el otro, con dibujos
copiados de los petroglifos gallegos.
Un café más…
Despedida…
Promesas de vernos en alguno de los lugares propuestos por Mikel…y adiós, muy
sentido y emocionados.
Y sin mirar para atrás emprendimos el recorrido hacia el Monasterio de San Marcos. En completo
silencio. Con nuestros recuerdos más inmediatos.
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