martes, 19 de abril de 2016

LIX. Monte do Gozo



…pero nós somos porque non podíamos non selo tan só;
Pero tal vez nos queremos.

Olga Novo


A la media hora de la despedida de Nano y Pepe emprendimos El Camino. Una subida entre el centro de la TVG y el centro territorial RTVE nos llevó a San Marcos, cerca de O Monte do Gozo; desde allí avistaríamos las torres de la catedral que albergan los restos del Apóstol Santiago El Mayor por lo que tantos quilómetros llevábamos recorridos desde Roncesvalles. Gozamos… abofé (con certeza), gozamos de la vista de Compostela.

O Monte do Gozo es un pequeño otero de unos 380 m. de altitud que tiene un importante valor simbólico, y yo añadiría, sentimental. Domenico Laffi nos habla de la enorme felicidad que embargaba a los peregrinos cuando llegaban a este lugar. Era denominado así ya en el medievo. El Códice Calixtino lo cita como Mons Gaudii y los peregrinos franceses lo llamaban Monjoie, en gallego Monxoi. Cuenta con una sencilla capilla de San Marcos, existente ya en el s. XII, muy modificada en el transcurrir de los siglos.
Esta zona, de carácter público, se ordenó como espacio de lecer (ocio) y de encuentro entre peregrinos. Son muchos los que, como nosotros, prefieren pasar la noche en este albergue, que es el más grande en número de plazas de todo El Camino, y llegar a la ciudad de mañana temprano para dedicarle, como mínimo, el día a la catedral y su entorno.
Admiramos los enormes bronces del escultor Acuña al tempo que nos fotografiamos juntos los dos con la ayuda de una bella moza peregrina.

-Mikel, que te parece si nos quedamos aquí a dormir y mañana bajamos temprano para llegar a la catedral y darle el abrazo al Apóstol?
-Bien, porque Aída y Olaia no llegan hasta la hora de comer.

Nos pusimos a la cola para el ritual de la disposición de las camas en el que, por cierto, nos benefició un muy amable hospitalero. Curioso era oírlo hablar con los peregrinos en su propio idioma, aquello parecía la Torre de Babel.
Y después de ducharnos y cambiar de ropa, fuimos hacia la cafetería del hotel, situada más abajo, para cenar unos bocadillos y tomar las bebidas habituales: vino y zumo, un descafeinado y un helado para el niño.
Se estaba bien allí, temperatura ideal y el entretenimiento con el bule–bule de los peregrinos: unos subiendo, otros bajando… la verdad es que resultaba un espectáculo muy colorista.
Había un hombre y una mujer sentados en la mesa de al lado. Mikel jugaba con la chapa del botellín del zumo. Y yo, no sé por qué, ya que no es algo que haga habitualmente, estaba atento a su conversación. Daban a entender que se habían conocido en El Camino.

-Después de veintisiete años trabajando –decía el hombre- en la misma empresa, me presentaron el finiquito, creo que solo por tener cincuenta años, ya que la empresa no tiene ningún problema, vamos que no le afecta para nada la crisis. Se aprovechan de las ventajas legales de protección a los empresarios. Yo, por supuesto, he engrosado las listas del paro y no he encontrado ningún tipo de trabajo, lo mío era ir tirando para conseguir la jubilación a partir de los sesenta.
 - ¿Y qué piensas hacer?
-Estuve bastante desesperado. Mi única ventaja es que no tengo familia que mantener. Emprendí la peregrinación por recomendación de un amigo y me sirve de consuelo, me da tranquilidad y tengo dos o tres ideas para subsistir al pie de El Camino, al tiempo que pueda servir de ayuda al caminante. Preciso poco para vivir.
-Pues ojalá te vaya bien.

-Ola!  No pude evitar escuchar lo que hablaban. La verdad es que admiro su proceder –dije dirigiéndome al hombre- y espero que se cumplan sus predicciones. Mas lo que le pasó a usted me hizo recordar un cuento cuyo autor tengo olvidado. ¡Ah! Perdón, yo soy Ignacio y este niño es mi nieto. Venimos desde Roncesvalles en bicicleta. Si no les molesta les cuento la fábula porque es una buena lección también para Mikel; así se chama este hombrecito.

La pareja, después de un momento de desconcierto, sonrió y la señora dijo:
-Adelante, cuente, cuente…

-Esto era un campesino que tenía un caballo viejo que le ayudaba a trabajar las tierras. Un día el caballo cayó en un pozo abandonado y muy profundo. El campesino evaluó la situación y decidió que no compensaba sacar el caballo del pozo y que la mejor opción era enterrarlo allí mismo; no tengo que destacar, que por supuesto, no contemplaba para nada el aspecto afectivo. Comenzó a tirarle tierra, y el caballo la sacudía y caía debajo de sus herraduras; siguió insistiendo y cuánto más tierra echaba más iba subiendo el caballo, hasta que llegó a la cima del pozo. Total, que el caballo se salvó y el campesino quedó sin pozo.

La enseñanza que nos proporciona esta fábula es doble; por un lado, que el caballo se salvó porque luchó por salir; y el hombre perdió, por no advertir de que debía utilizar otros métodos para agradecer al caballo el trabajo de una vida de entrega a su hacienda; y por encima se quedó sin agua.
Usted –dije dirigiéndome al hombre- tiene el mérito de enfrentarse a la adversidad y su patrón tendrá el castigo de su insensibilidad…
Y ahora, por aguantarnos, ¿qué tal si admiten la invitación de otra ronda?

Todos nos sonreímos y alegramos el ambiente.
Hablamos. Supimos de dónde venían, de cómo habíamos llegado nosotros, del tiempo, del peregrinaje…hablamos.

Nos despedimos y fuimos a dormir; el día siguiente iba a ser un día especial.

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